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by Matt Sesow


- 7.03 -

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-¿De joderlo todo? -dijo Huisman.

-Sí, ¡de fastidar todo el plan cacho burra! -aulló Dolphin.

Volvió a corretear por la habitación, de lado a lado.

-No me gustan los sitios cerrados, ¿sabes?

-Me voy dando cuenta -dijo Huisman. Empezaba a estar bastante asustado. Veía que se había metido en una jaula llena de locos.

-¿Sabes por qué has venido aquí?

-Sí.

-¡Vamos avanzando...sí! -bramó Dolphin. Sus marcados rasgos, como esculpidos en piedra, provocaban extrañas sombras bajo aquellas luces.

Sal se preguntaba que maravillosas aventuras habría vivido este moderno héroe delictivo. Envidiaba su fuerza, la energía que él nunca tendría.

-¿Sabes -siguió Dolphin-, por qué te quería Leelan?

-También lo sé. Si no fuera así habría cometido el mayor error de mi vida llegando a este planeta infernal.

Dolphin puso cara de fingida indignación.

-Pero, pero... ¡si Athena es el mejor planeta del Universo! ¡Eres un blasfemo!

Huisman se sintió a punto de llorar. Un ataque de desesperanza nubló su terráqueo corazón. No merecía esto: había abandonado la Tierra cuando Chinarro asesinó a su mujer; a su vez, él mismo había sido acusado de matar a un destacado líder político terráqueo y, ya en Athena, había sido apalizado y golpeado en varias ocasiones.

Y todo para encontrarse ante un iluminado anfetamínico que vivía encerrado en el subsuelo de un mundo condenado.

Dolphin le observaba, acero en la mirada, mientras lanzaba golpes "uno-dos" a un púgil que sólo existía en su cruel imaginación.

De repente la voz de Dolphin, inesperada, cortó el pútrido aire de la sala.

-No tenías que haberte movido de la habitación del hotel. Todo estaba organizado.


- 7.02 -

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Ray Hodges is King


—No lo he tenido nada fácil, verá... —musitó Sal Huisman desde el suelo.

—Ya, ya sé que han puesto precio a tu cabeza. No hace falta que me lo cuentes: Estoy informado y te alegrará saber que ya he tomado las medidas oportunas —interrumpió Dolphin rápidamente— La policía te busca. Un viejo imbécil llamado Siphronius Radzinski y su compañera, una zorra de Chinarro, llamada Miranda Butler. Eso es lo que más te debiera preocupar ahora.

—En realidad... —comenzó a decir Sal.

—Sí, sí, —cortó Dolphin— ya lo sé. Sé que te las han hecho pasar putas. Desde el Bar de Big Joe hasta el desafortunado incidente de los subterráneos. Te he dicho ya que lo sé todo. Por suerte has dado con un alma caritativa: El viejo ese te ha salvado el pellejo.

—Sí... —contestó Sal sin dar opción a ser interrumpido.

Dolphin se lo quedó mirando en silencio. Sonrió levemente. Se pasó la mano por el tupé y lanzó una gran risotada, como un torrente, antes de decir, entre risas:

—¡Has estado a punto de joderlo todo, joder!


- 7.01 -

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Day 2-Time: 01.35

Sal despertó unas horas después. Un hombre entró en la habitación, deslizándose, acompañado de un grupo de cyborgs y vestido con una camisa de leñador marrón

Tenía unos treinta años, su pelo era brillante, oscuro y lucía un discreto tupé ; era de complexión extremadamente atlética y enérgica. De hecho, era más parecido a un jugador de la Liga Profesional de GravitoRugby que a un... bueno, lo que fuera. Se movía por la estancia con elegancia y mucha rapidez; realmente era la velocidad la cualidad que parecía definirlo: era muy rápido.

—Dolphin, Dolphin... —susurraban los hombres melenudos que habían atado a Sal.

El hombre gesticulaba con un exceso de energía mientras se acercaba a Sal Huisman, que le observó presa del terror; tenía el convencimiento de que ese individuo podía arrancarle la cabeza sin esfuerzo.

Dolphin se plantó ante él y le contempló con unos ojos profundamente azules, que sorprendían aún más en un pretendido asesino. Le sonrió con extremada dulzura.

Es bello, pensó Sal irreflexivamente, es un Dios.

—Bueno, bueno... ¿quién ha venido a cenar hoy? —dijo Dolphin. Su voz era directa, acostumbrada a mandar y templada por años de climatización subterránea.

—Me llamo... —empezó a decir Sal.

—Ya sé como te llamas —le interrumpió Dolphin. Se levantó de repente, de un salto casi virulento, y le apuntó con su poderoso brazo—. Tú... Tú eres el que buscaba a Leelan.

—Así es —corroboró Sal—. Quería verle porque...

Dolphin le detuvo con un gesto de su mano.

—No digas más, no digas más —le espetó—. Sabía que vendrías, pero no imaginaba que intentarías llamar tanto la atención, vestido como un perro gigante... ¡Eso es provocar!

—He captado que no soy bienvenido.

—¡Te podrían haber matado! —gritó Dolphin que dio una vuelta sobre sí mismo. Parecía que hubiera desayunado un bol de leche con anfetaminas. Ahora se dirigió al grupo que había atrapado a Sal— ¡Luthers!

—Mándanos Dolphin —dijo el que parecía ser el líder.

—¿Dónde está el viejo que venía con él, eh, eh? ¿Dónde está?

—No lo sabemos, lo interceptaron a la entrada. No sabemos si está vivo.

—¡CÓMO QUE NO SABÉIS SI ESTÁ VIVO! —aulló Dolphin—. Id volando y traédmelo de una pieza antes de que alguno de esos botarates que tengo por empleados lo liquide. ¡Luthers, os digo que si no está incólume ante mi vista en breves scotts seréis calcinados por mi justa ira!

Todos se inclinaron e, inmediatamente, salieron de la habitación a trompicones.

—A estos —le dijo a Sal cuando los Luthers habían salido—, hay que darles un poquito de dramatismo. Funcionan mejor.

—Ya.

Dolphin hizo un rápido movimiento y Sal Huisman se encontró libre de sus ataduras.

—Ahora, campeón, dime qué cojones estás haciendo aquí, ¿no te dijimos que esperaras noticias, que nosotros nos pondríamos en contacto contigo?


- 6.10 -

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—Amigo Siphronius… —dice mi compañera, impertérrita— ¡Venir a verte es la cosa más parecida que existe a visitar al abuelo que nunca quise conocer!

Y mientras imágenes grotescas y obscenas surcan mi vacío neuronal —primero como meteoritos, más tarde como rapidísimas estrellas fugaces— me las ingenio para responderle cariñosamente y sin exabruptos.

—Si tu pobre abuelo fue en vida la mitad de adorable que tú, me cuesta bastante poco entender por qué nunca le quisiste conocer… Amiga Miranda —apostillé.

—Cuando te lo propones puedes ser realmente capullo… —contestó ella, enojada como una niña— Pero no pienses que voy a ponerme a discutir por una tontería, no… Tengo cosas más importantes que hacer que entrar al trapo con un viejo como tú. Recoge un poco esto y dime a dónde quieres que te lleve ahora.

—Siéntate y dime lo que sabes de Dolphin mientras yo busco el maldito nucleodinamizador termoatómico de aceleripartículas nitrooxigenadas anhidroespaciales. Debería estar por aquí…

—Te he dicho que no sé nada al respecto.

—Sé perfectamente lo que me has dicho. Ahora quiero que reconsideres tu postura y me digas la verdad. Será lo más inteligente, te lo aseguro. Piensa que tarde o temprano lo acabaré sabiendo, Mirandita.

—Sabes que no te voy a decir una mierda.

—Hagamos un trato: Tú me dices dónde está Dolphin y yo, a cambio, te entregaré a Huisman.

—¿Bromeas?

—¿Tengo pinta de estar bromeando? —me exalté, señalando con firmeza el lema de mi camiseta promocional del Procaz Tour y las bermudas de mi tataratatarabuelo Hugo.

—No puedes hacerme esto.

—Hay muchas cosas que no puedo hacerte ahora mismo, Miranda. Pero te aseguro que negociar es una de las pocas que sí puedo. Confía en mí.

—Está bien. Sé dónde están… —dijo Miranda, apesadumbrada y vacilante.

—Bien, ahora sólo tienes que decirme dónde. —Hice una pausa valorativa antes de continuar— Yo cumpliré mi parte del trato… Te lo prometo.

—El jodido Dolphin se esconde en el Palacio de la Ópera. Es hombre de Spandarian.

—¡Perfecto! —dije saltando.

—No saldrás de allí vivo, viejo chiflado.

—Eso ya lo veremos, Miranda. Ya lo veremos.

Mi nucleodinamizador termoatómico de aceleripartículas nitrooxigenadas anhidroespaciales está bajo el montón de Esquires desfasadas del armario. La más reciente es de burtembre de hace dos años. Lo abro con cuidado y empiezo a limpiar con él los cuatro cristales que todavía quedan en pie, tarareando la inefable canción de Goyo Ramos.

—¡Llámame maniático, —le digo a Miranda Butler agitando mi culo floreado— pero sin nucleodinamizador termoatómico de aceleripartículas nitrooxigenadas anhidroespaciales, los cristales no me quedan igual!

Escucho un suspiro profundo y algo que se parece al esbozo de un llanto. Creo que esta chica empieza a necesitar unas vacaciones.


- 6.09 -

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En Berlín, aunque ya lejano el fantasma del totalitarismo, las bandas fueron dominadas por asociaciones de ciudadanos autoorganizados que fueron creando grupos de reconstrucción por cada uno de los barrios de la ciudad. Mientras todo volvía a funcionar tuvieron que blindarse, en la tradición de las ciudades medievales, contra los ataques de los bárbaros vecinos, pero aguantaron y prosperaron, tomando las decisiones en asambleas, constituyendo la democracia más auténtica que se había visto en la Tierra en los últimos siglos. Con el tiempo también fueron ampliando su zona de influencia, ganando terreno y aliados con paciencia y un trabajo eficaz. La vida seguía siendo muy dura, pero por primera vez en años había esperanza.

El estado había desaparecido, pero se creó un nuevo sistema cuasiácrata que funcionaba con cierta eficacia. Sin embargo era un sistema que no le agradaba particularmente a Chinarro, que se sentía amenazado... y siempre había demostrado que un depredador como él era particularmente peligroso cuando se sentía acorralado.

El 25 de agosto del 2312 Fabrizio Chinarro, el rey sin corona, se embutió en su extraño traje de operaciones y tocó el cuerno que presagiaba el desastre: de las cloacas del lander surgió un grupo de segundones en el antiguo Gobierno previo al Colapso que reclamaron, según arcanos artículos de la antigua legislación paneuropea, su autoridad ante la falta de los representantes legítimos de la soberanía nacional. Apoyados por algunos grupos de exaltados pero sobre todo, gracias a las dudas que atenazaron a muchas de las asambleas populares y una hábil campaña de sobornos y manipulación consiguieron lo que parecía imposible unos meses antes: desplazar a la autoorganización popular y alcanzar un poder que de manera oficiosa y graciosa cedieron a Fabrizio Chinarro, que aceptó colaborar con el pueblo alemán con entusiasmo y lealtad.

Aparentemente el imperio de Chinarro se extendía imparable.

Mas hete aquí que se presentó un candidato a Lisboa el año pasado bajo su amparo, por supuesto: Xabier A. Bertrand.

Bertrand era un joven del que nunca supe nada de su historia previa a la política: me llega y me sobra con situar algunas ciudades en su sitio correcto en el mapa de mi planeta; lo que sí puedo decir es que fueron continuas las noticias sobre los ataques públicos del alcalde contra la mafia de Chinarro, contra la corrupción generalizada... aunque también aquí las noticias llegan tamizadas no sorprendió a nadie en Athena la historia de su muerte, tan sólo la tardanza en producirse. En el Departamento llevábamos meses haciendo porras sobre el momento de la desaparición de ese molesto grano en el culo del Jefe Supremo, de Chinarro.

Luego nos dijeron que el asesinato lo había llevado a cabo un desconocido, un tal Sal Huisman.

Y yo me lo tengo que creer.

Hace dos días apareció la bella Miranda Butler en mi vida y me dijo, con un brillo especial en los ojos que Sal Huisman estaba en el planeta, en mi planeta, mi ciudad...

- Mi planeta... mi ciudad... Sal está aquí...

- ¿Pero que coño dices, viejo chiflado? -grita Miranda.

- ¿Estaba hablando en alto? -pregunto.

¡Qué asqueroso es hacerse viejo!


- 6.08 -

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Es duro pensar que esta chica que está a mi lado es una asesina sin escrúpulos. La observo, y desde mi senilidad, casi siento un entrañable cariño por ella.

- Dolphin… sí –está diciendo ella -; No hay nada de info sobre ese sujeto en la Central, ¿acaso ha sido él quien ha hecho esto?

- Así se ha identificado, pero…

Mi mente vuela, despega… intento concentrarme en Miranda, en Dolphin, en mi labor… pero soy incapaz. La Gran Engañadora me domina y, bajo su único auspicio, me sumerjo en el recuerdo:

Hace 5 días murió Xabier A. Bertrand, alcalde de Lisboa, una de las dos únicas ciudades que se mantenían en pie en la Tierra, y la única que se planteaba posibilidades de prosperar, de cambiar.

Sólo Berlín y Lisboa se habían mantenido en orden en la Tierra, un orden perverso, basado en el dominio de bandas de criminales organizados las cuales, con el pasar de los meses posteriores al Colapso se habían alzado con el dominio sobre unos gobiernos metropolitanos que sólo eran tales de forma nominal después de la crisis. Las bandas habían ido agrupándose, “opándose” de manera violenta hasta que Chinarro fue el único asesino que quedaba en pie. Lo que no fue tan sorprendente, conociendo la oscura historia de los humanos, fue que Chinarro y lo que representaba fuera aceptado con entusiasmo por el pueblo. Los lisboetas habían sufrido mucho, los episodios de pillaje y canibalismo se habían repetido a lo largo de los años después del Colapso y, fuera quien fuera el que lo impusiera, el orden fue bienvenido.

La zona de influencia de Lisboa y su estado de excepción permanente fue expandiéndose. Las gentes, al ver cómo el caos se detenía, le dieron su alma al salvaje Chinarro, que acumulaba territorios, desde la antigua Cáceres hasta Ferrol en el norte y la zona de Tarifa en el sur. Sus huestes acababan con el pillaje, es cierto, pero instauraban un arbitrario sistema paramilitar y una entrega de bienes al caudillo, que acopiaba constantemente para el frío invierno. Las ejecuciones públicas detenían la delincuencia desorganizada, la actividad productiva se reactivaba poco a poco y Chinarro ponía la mano para cobrar, siempre en oro y joyas, pues el dinero no valía nada por aquel entonces, un 40% de la facturación del negocio a cambio de protección.

Los sucesivos alcaldes de Lisboa, hombres de paja, le reconocían como Consultor y Asesor presidencial, y a su banda como empresa semipública de orden público, lo que le otorgaba además una capita de falsa respetabilidad. Era cuestión de tiempo que se pusiera en marcha la Dolbyvision lisboeta y que al cargo de ella estuviera un hombre de Chinarro dominando la línea editorial del único medio de comunicación en activo: se había convertido en algo más que un gángster, ya era también un tycoon de los medios.

Esta situación se prolongó durante hasta el 2312.

¿Y qué había pasado en Berlín?


- 6.07 -

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—Ya veo que no te puedo dejar solo ni un momento —dice nada más abrir la boca. Aunque me escueza el amor propio, debo reconocer que me serena su presencia. Su hostilidad es mi bálsamo, por decirlo de alguna manera poco práctica— ¿Os corrísteis una buena juerga anoche, Siph?

—Déjate de bromas, Miranda —respondo mientras me ajusto con dignidad las bermudas floreadas de mi tataratatarabuelo cagón— ¿Has traído lo que te pedí?

—Sí, dandy playero, te he traído lo que me pedías... —contesta— ¿Soy la primera en decirte que pareces un híbrido de fundición con esos trapos o tienes algún otro amigo que no sea ciego?

—Conozco a muchos ciegos, pero ninguno es mi amigo.

Miranda se pasea por la habitación con parsimonia insidiosa, apartando los obstáculos a su paso con la punta de su zapato afilado. Resopla, se ríe y murmura cosas que no soy capaz de descifrar desde donde estoy.

—¿Puedes esperarme un momento? —le digo— Tengo que ir a cagar. Ahora vengo.

Me encierro en la cabina de aislamiento y me siento sobre la dermoletrina. Sobre mi sudorosa cabeza, el receptor portátil de visión estereoscópica ambiental conectado a la cámara secreta que esconde el ventilador: Puedo ver el escote de Miranda sin que se entere y ampliarlo con el zoom a una resolución de escándalo. Puedo ver sus tetas jugosas, pálidas y redondas, bien ajustaditas dentro de su sujetador.

Fijo el seguidor de ruta en ese punto, en el canalillo de Miranda Butler, y me dispongo a sacar lustre a mi oxidado sable.

Lo necesito, ¿qué pasa?

No tardo mucho, —puede que unos cinco o seis minutos— en desatar mi torrente de furia y desesperación: El estallido se traduce en una erupción abrupta de fervientes goterones de leche y espermatozoides que se van a estrellar contra el espejo y parte de la tapa de mi dermoletrina. Ahora sí que estoy listo para comerme Ostrich, el planeta Athena y lo que me echen.

Salgo del baño, secándome el sudor de la frente con el dorso de una mano y apretándome el cordón de las bermudas con la otra, y sonrío como un niño el 25 de Burtembre.

—Bueno... —digo satisfecho— ¿Y qué sabemos de ese Dolphin, Miranda?


- 6.06 -

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—Han forzado mi apartamento —le digo— Ven hacia aquí, pero antes busca información sobre un tal Dolphin.

En el pasillo del hogar de mi vecino tropiezo con algo, bajo la mirada y encuentro el cuerpo de Alistair. Interrumpo la comunicación.

¡Vaya, así que estabas aquí! pienso. Por lo menos, mi pedófilo favorito no murió siendo un cotilla: tuvieron que entrar en su apartamento a por él, lo que me facilita la eliminación de las pruebas.

Apoyo la cabeza de Alistair sobre su espalda y, satisfecho de mi talento estético, me regodeo anticipando la confusión que sufrirá el comisario Littlefellow cuando encuentre este pastel. Sé que me mirará a mí, pero ya no estaré aquí.

De vuelta en mi casa tiro el papel de regalo y la caja que contenía la cabeza de Alistair al desintegrador de residuos.

Satisfecho, busco en el armario de la dermoletrina y encuentro un juguetito ilegal que me trajo alguien de la Tierra hace varios burtembres: un disruptor magnético. Lo escondo aquí porque nadie tiene los cojones para entrar en mi santuario intestinal a buscarlo. Silbando, lo enchufo y digo "Luis" mientras un fogonazo enorme surge del aparato.

El mundo se detiene.

Sin dejar de canturrear un himno del Gran Goyo Ramos observo a mi alrededor: el suministro de energía se ha interrumpido, el edificio de apartamentos está a oscuras, en silencio.

Unos scotts más tarde la actividad se reanuda. Con un sordo murmullo el Frankenstein de hormigón en el que paso las solitarias noches de mi vejez vuelve a la vida. Lanzo también el disruptor al desintegrador de residuos, y lo despido con un gesto de mi mano gordezuela: "Te echaré de menos, amigo".

Elimino el riesgo de que alguien encuentre el disruptor y de que de esa manera me relacionen con lo que acaba de pasar: con este juguetito no sólo he desactivado todo el sistema de seguridad del edificio, sino que se han borrado todos los servidores del edificio que almacenan los datos de entrada y salida de los apartamentos y los holovídeos de seguridad de los pasillos.

Si el tal Dolphin pensaba que iba a obstaculizar mi labor creándome un problema con la muerte de Alistair ha fracasado.

Mi nariz detecta entonces un olor a hembra en celo. Me giro hacia la puerta en el momento en que Miranda Butler entra en mi casa. Le dedico la mejor de mis sonrisas.

Day 2-Time: 01.00


- 6.05 -

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Por si no ha quedado suficientemente claro: Estoy ante mi última oportunidad. Y he llegado tan lejos sin ayuda de nadie que no permitiré que nadie me joda.


Ostrich


Con el ansia recobrada y el sentido del ridículo a punto de desvanecerse por completo, me asomo a la ventana para contemplar el color del día de mi resurgimiento. Ostrich City, la capital athénica del crimen, luce particularmente naranja esta mañana. La influencia de las trece lunas se puede percibir todavía en los tonos azafranados del cielo, en el refulgir resplandeciente de los edificios metálicos, de las felices aeronaves que surcan el espacio aéreo. La visión de la ciudad no hace sino acrecentar mi motivación y el deseo de que la acción empiece cuanto antes.

Sé muy bien cuál es el siguiente paso. Sé bien dónde guardo los cargadores especiales: entre los pañales de nivel 2 de cuerpo completo. Sé que Miranda Butler me conducirá tras la pista de Chinarro en cuanto le ofrezca la cabeza de ese Dolphin, aunque no sea el mejor momento para ofrecer cabezas ni sepa de qué color ni de qué tamaño es la del asesino que ordenó eliminar a Alistair Sinclair, el amante de lo pequeño.

Hablando de cabezas, no sé bien qué haré con la suya. Si se descubre mi implicación en este caso, lo más probable es que el comisario Littlefellow me retire. Eso es lo que querría Dolphin, que la jodiese. Tiene gracia lo suave que puede llegar a joder un viejo cuando le tocan las narices.

Mientras llevo la cabecita de Alistair envuelta en papel de regalo a su apartamento, marco el número de Miranda con mi voz en el holocomunicador portátil de emergencia:

—¡¡555-MIRANDA!!

Y la llamada comienza a establecerse, a cada paso que doy. Suena el primer tono mientras imagino la carita de sorpresa que pondrán los sobrinos de Alistair cuando lleguen el fin de semana y lo encuentren empaquetado y en pedazos. Suena el segundo tono mientras cierro suavemente la puerta, despidiéndome del viejo descabezado con mi mano enfundada en latex termoaislante. Suena el tercer tono y se entrecorta en cuanto alguien descuelga el holo-receptor portátil:

—¿Se puede saber quién coño es?

Oh, dulce, dulcísima Miranda...


- 6.04 -

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Day 2-Time: 00.28

Es una lástima que ya no se pueda estudiar una licenciatura galáctica de Autocompasión, especialidad Escatología. Me hubiera labrado un interesante camino en esas disciplinas.

La verdad es terca, incluso después de lavarme a fondo y vestirme de nuevo soy un fantoche viejo y triste. Estoy acabado.... y sin embargo es la reacción de este tal Dolphin, es la reacción de Miranda Butler, los odios y los golpes de todos, los que de repente me sitúan en mi verdadero lugar: me fustigan porque soy importante, soy capital para el desarrollo de los acontecimientos; todos quieren que me inhiba por razones diferentes. Pero no lo haré.

Estoy ante la última oportunidad: creo que Huisman estaba al servicio de Spandarian, que matar al alcalde de Lisboa era su misión, que para Chinarro debe ser un gran problema pues es posible que haya perdido el control sobre Lisboa, una de las dos últimas partes importantes del tablero de juego terráqueo.

Estoy ante la última oportunidad: el casual devenir de los hechos me ha situado en el medio de una extraña guerra, cuyas causas y motivaciones se me escapan y, la verdad sea dicha, hasta hace poco ni me interesaban.

Estoy ante la última oportunidad: no quiero considerarme un trapo, un fantoche corrupto y maleable nunca más. Sé que todos pueden disponer de mi vida, pero no van a doblegarme esta vez. Por primera vez comprendo la desesperación del delincuente de Athena, de la casta del deshauciado.

Estoy ante la última oportunidad: no tengo nada que perder. Sólo por tocar los huevos voy a seguir hacia adelante. No voy a bailar al ritmo de dos mafiosos, que no son más que bruma en mi cerebro esponjoso y atrofiado. Y sé que, vestido con bermudas y camiseta, la imagen que ofrezco al espejo no es particularmente heroica, pero es la imagen del único policía honesto del departamento.

Me hincho frente al espejo.

Me vengo arriba.


- 6.03 -

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—No me mires así, maldito viejo —le digo torpemente a la cabeza antes de dejarla caer de nuevo en la caja.

Mis manos están manchadas de sangre, la sangre negra y espesa de un pobre pedófilo infeliz cuya cabeza descansa ahora a varios metros de su cuerpo, y tengo esas incómodas virutillas de mierda reseca entre los pelos del culo, castigándome. No se puede decir que éste sea un buen momento precisamente. Han saqueado mi casa y violado mi intimidad, han asesinado a mi vecino, me han amenazado y mi vida no vale más que la de cualquier miserable híbrido de fundición. Debería ser terrible, de no ser porque ya no puede ser peor.

No sé qué hacer. És la única verdad que manejo ahora mismo.

Lo primero que haré será darme un baño. Necesito relajarme y descansar. Lo necesito como el respirar. Programaré una breve crono-inserción en la cabina de aislamiento higiénico para librarme de toda la inmundicia que empapa por dentro y fuera este cansado cuerpo de viejo cagatintas.

Dejo la ropa sobre el relaxómetro del salón y recorro desnudo la habitación. Soy un pellejo de carne fláccida y blanquecina en medio del campo de batalla. Abro mi armario y busco con ahínco el uniforme menos sucio, la licra thermolactyl más sedosa —si es que alguna vez existió—, los calzoncillos más presentables.

Nada. Toda la ropa huele a sudor y a trapo viejo. Nota mental: Necesito contratar a otra asistenta. No tengo asistenta. Segunda nota mental: Necesito contratar a una asistenta. Tercera nota mental: Buscar información sobre residencias para ancianos.

Lo único decente de entre todo el armario es un conjunto desfasado del verano de 2306: Camiseta blanca de tiras con slogan publicitario "ESESOOOLO", —recuerdo del gran concierto de despedida de Roderick M., el artista de voz chistosa— y unas bermudas floreadas que heredé de mi tataratatarabuelo, Hugo Radzinsky, un pobre gañán enfermo, como yo, que murió víctima del megacolon tóxico en noviembre de 2006 mientras escribía una novela eficaz, aunque ramplona, sobre la virtud incólume de Santa Teresa y otras hierbas.

No tengo otra cosa que ponerme. ¿Acaso importa?

Claro que no. Saldré con esta facha.


- 6.02 -

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Entreveo brevemente muebles destrozados y cojines rasgados en mi camino hacia la dermoletrina.

Detrás de mí quedan los pantalones, los cuales empiezan a tener consciencia propia, por lo que me siento tentado por un instante de pedirles que investiguen la intrusión por su cuenta.

Me encierro en el baño. No puedo sino actuar presa de terribles temblores. Tengo que ver a un médico; esto no puede seguir así.

Mentiría si dijera que pensaba en los enemigos que me estaba creando con esta absurda investigación sobre Huisman y su sustituto transexual; si dijera que pensaba en Miranda Butler y en sus miradas de odio o si dijera que pensaba sobre el hambre en el mundo. Mentiría porque no pensaba en nada salvo en cagar.

Unos interminables segundos después todo ha terminado. Salgo sudando del aseo, desnudo y vacío. Los visitantes habían tirado las estanterías del salón al suelo, pero pasan unos cuantos segundos hasta que mi corazón se ralentiza y empieza a importarme algo.

La alfombra está rajada, el relleno de los cojines vuela alegre gracias a las corrientes de climatización; la enorme pared acristalada que me separa de la calle está quebrada de un fuerte golpe para lo que se necesita un objeto muy contundente; mi sistema de proyección de tres dimensiones está pisoteado también, pero lo peor no había llegado: en lo que queda de mi dormitorio hay una caja de cartón encima de la consola del campo gravitacional de descanso...

No quiero abrirla pero una fuerza me empuja a hacerlo. Sé que me iba a encontrar algo horrible; con las manos temblando agarro la caja, que se me escapa de las manos; su contenido cae con un ruido sordo: Es una cabeza humana.

La cabeza rueda unos instantes por el suelo del dormitorio, hasta chocar con mis zapatillas de felpa. Desde allí me observa, culpabilizándome, mi vecino Alistair, el simpático pedófilo de la puerta de al lado.

Coincidiendo con el macabro descubrimiento, suena el comunicador interno de la casa.

—¡Descolgar! —grito tembloroso.

—¿Señor Radzinsky? —dice una siniestra voz extranjera. Las pantallas están destrozadas y no puedo ver a mi interlocutor.

—Presente.

—Tengo un mensaje para usted...

—Hola. Supongo que es usted quien me ha dejado este regalito.

—Los dos sabemos que sí —afirma arrastrando las palabras como si estuviera borracho— Seré breve: mis jefes piensan que el señor Huisman era una persona despreciable, culpable de horribles crímenes que le afectaron mentalmente, por lo que está mejor muerto, espachurrado contra el suelo de una calle de Ostrich City.

—Le sigo.

—Y que no tiene sentido pensar que el fallecido es una persona distinta a Huisman, ¿verdad?

—Mmmm...

—Por lo tanto, deje usted de darle vueltas a las cosas. La investigación ha concluido. Convenza a su compañera de que vuelva a la Tierra, de que su trabajo aquí ha terminado.

—Miranda es una chica terca, se lo puedo asegurar señor...

—Llámeme señor Dolphin si quiere, Radzinsky. Mire... haga lo que le he dicho. La historia termina aquí, espero no tener que volver a tratar con usted. No quiero tener que sustituir la cabeza de su curioso vecino por la suya, ¿ha quedado claro?

—Cristalino —afirmo. La comunicación se corta.

La cabeza de Alistair me mira. La cabeza de Alistair me interroga: ¿Qué hacemos ahora?


- 6.01 -

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Time: 23.31

De vuelta en Ostrich City corrí a mi tecno-apartamento para darme una ducha y cambiarme de pantalones. Mi uniforme de licra thermolactyl no podía estar ya más tieso ni más sucio de lo que estaba. No se puede jugar así con la salud de las personas. Aunque sea por una mera cuestión de olfato, ya no hablo de reputación.

El trayecto en ascensor se hizo algo más largo que de costumbre. Una mujer joven y rubia, despampanante, —probablemente una puta— se subió en el tercer piso. No dejó de arrugar la nariz durante todo el viaje, regalándome una mirada que se debatía entre la compasión y el asco.

Cuarenta y nueve pisos más tarde no pude contenerme y abrí la boca:

—Trabajo en la incineración de residuos orgánicos, señorita… —mentí por orgullo.

Ella, tal vez demasiado concentrada en sus esfuerzos por contener la respiración, no dijo nada. Mejor así. Se bajó en el piso sesenta y seis, con inocultada urgencia y un color céreo de piel muy poco saludable.

Subí otros quince pisos hasta llegar a mi planta. A la altura del setenta y nueve comencé a desabrocharme los pantalones, que se tenían en pie por sí solos.

Piso 81… Tres minutos y medio que a veces parecen una eternidad.

Salí del ascensor y crucé el pasillo aligerando el paso. La maldita canción de Goyo Ramos se me había pegado y ahora no me la podía sacar de la cabeza. Seguí trotando sin dejar de canturrearla. A la altura del segundo estribillo alcancé la puerta de mi apartamento. Estaba abierta de par en par. Alguien la había forzado.

Mierda.


- 5.10 -

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Vuelve Ray Hodges...


Unos extraños individuos, sucios y melenudos, arrastraron entre risas a Sal por el suelo, lo hicieron atravesar con una patada la puerta azul.

Todos entraron y la puerta se cerró tras ellos.

Time: 20.31

Sal Huisman intentaba levantarse del frío suelo cuando una bota lo volvió a tirar y lo volvió boca arriba.

A través de los ojos de la cabeza de Goofy, Sal contempló una amplia estancia recubierta de tubos en las paredes, una olvidada sala gigante de calefacción.

Los hombres daban vueltas a su alrededor, le gruñían, le daban pequeñas patadas mientras mantenían sus cañones láser apuntados hacia su cabeza perruna que no le permitía ver nada bien. Intentó entonces arrancársela, pero esos movimientos bruscos no les sentaron nada bien a sus captores, que le golpearon con rudeza.

—¿Creéis que habrá entrado con el viejo? —dijo uno de ellos por detrás de Huisman.

—Los de la entrada dicen que sí —dijo otro.

—Pregúntale a Dolphin

—Sí, que alguien le llame.

—Llamad a Dolphin —dijeron varias voces.


- 5.09 -

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Time: 20.26

Las paredes del pasillo por el que corría Huisman estaban húmedas y recubiertas de un moho negruzco, que formaba en el suelo una película mojada que le hacía resbalar cada pocos metros.

Se preguntó que haría si encontraba a Spandarian. Le aterró pensar que podía morir habiendo llegado tan cerca.

Se preguntó cómo reconocería al armenio.

Una mala pisada, un resbalón largo y... ¡alehop! Sal se empotró contra una puerta recubierta de sintechilindrón azul. El morro perruno de su disfraz frenó algo el impacto, pero luego trastabilló y cayó de espaldas.

La puerta azul se abrió, rostros curiosos le escrutaron.

Nuestro héroe terráqueo, en un extraño gesto, saludó con su mano en blanco enguantada.

Quince hombres le apuntaron con cañones láser.

No había mucho que decir.


- 5.08 -

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Cuando la nube de polvo remitió parcialmente, Sal pudo ver como unos hombres salían de varios rincones del hall de entrada y se abalanzaban sobre el aerocoche de Disney, mientras el anciano intentaba salir de la cúpula protectora de seguridad del vehículo.

Nuestro héroe, desde la seguridad del guardarropa al que había sido despedido con el impacto, estudió la situación:

Se encontraba en lo que era la entrada principal del Teatro de la Ópera desde el cambio climático y buscaba, de forma aparentemente tosca, la manera de encontrar a Leelan Spandarian, pues según la información con la que contaba, éste tenía su base de operaciones en el mencionado Teatro.

La entrada en el recinto, tras estrellar el aerocoche de su recién estrenado compañero de fatigas Walt Disney, había provocado que decenas de hombres armados atacaran el vehículo en el que el viejo se había quedado encerrado. El campo de fuerza de la nave repelía a duras penas los disparos de los sicarios, que iban a abordarlo directamente cuando uno de ellos ordenó a un grupo de 4 cyborgs que montaran un cañón térmico portátil para incinerar el vehículo. Disney enarcó las cejas en un curioso gesto de terror.

Al momento siguiente Disney sacaba una pequeña y ridícula bandera blanca ondeando por la ventana. Los hombres de Spandarian lo sacaron a rastras del vehículo.

Sal se planteó, durante unas breves décimas de segundo de reflexión, intervenir; mas vio claro que nada podía aportar a la desesperada situación, por lo que cuidadosamente se apartó del guardarropa y se lanzó al galope por un pasillo que se abría a su derecha, lejos de las miradas de los sicarios, ocupados en retorcerle la nariz a Disney, que se quejaba y alegaba de forma inconexa derechos de dudosa aplicación.


- 5.07 -

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La persiana de hierro de la entrada principal estaba cerrada a cal y canto. Hacía casi cinco años desde que aquella persiana sucia y oxidada cayese por última vez.

Al menos, eso era lo que decían las crónicas.

En 2310 cesó toda actividad cultural. Se acabaron para siempre las sesiones de progressive, los conciertos conceptuales, los happenings, los peep shows y el proxenetismo de baja estofa. El local fue clausurado por orden de Henry Muffin, alcalde de la ciudad de Ostrich City y fiel secuaz de Fabrizio Chinarro.

Pero las voces más oscuras decían todo lo contrario.

Ésta era la historia:

Desde finales de Burtembre del año diez de nuestro siglo, el Palacio de la Ópera había experimentado una evolución tan brutal como subterránea. Un auge tremebundo y fuera de regla que había dado como fruto la reunión del mayor número de delincuentes y malhechores que se recuerda en la historia del universo.

Bajo las falsas cúpulas del palacio se reunían y ocultaban todos los criminales venidos del planeta Tierra, los nativos de Athena e incluso los ciborgs reprogramados.

El antiguo Palacio de la Ópera era, desde hacía algunos años, la principal sucursal del Infierno en Athena. Si Sal decidió entrar allí fue sencillamente porque aquella era la única forma posible de entrar en contacto con los hombres de Spandarian.

Lo único que necesitaba era llegar hasta Spandarian.

No iba a ser fácil.

El viejo Disney se despidió de él, emocionado, con un beso en el hocico. Mientras tanto, una versión mutant-hardcore de "Love is Blue" retumbaba en el interior de su Ford Titanius.

—Cuídese, amigo —le dijo.

—Gracias —respondió Sal—. Prometo hacerlo.

—Tiene mi tarjeta, ya sabe, por si la necesita…

—Sí.

—Bueno… —dijo Disney.

—Bueno… —dijo Sal.

A Disney le brillaban los ojos cuando volvió al coche. A Huisman, probablemente, también.

Mientras el viejo volvía al coche, Sal se dirigió a la vieja persiana y la golpeó varias veces con fuerza haciendo extender la gruesa capa de polvo y mierda que la cubría. Los golpes resonaron como disparos.

Una pequeña ventanita se abrió a la altura de los ojos de Sal. Otros ojos parecieron decir:

—¡Contraseña!

Y después de meditarlo unos segundos, Sal respondió:

—¿1, 2, 3?

—¡Bastardo! —contestó el dueño del par de ojos del otro lado de la persiana.

Disney se secaba las lágrimas frente al volante al tiempo que intentaba arrancar su lata voladora. A Sal se le ocurrió una idea entonces. Una idea bastante cuestionable, pero eficaz.

Fue corriendo hacia el coche de Disney, agitando frenéticamente los brazos, como un molino de carne. El anciano leyó en aquella expresión corporal aspavientos de cariño y abrió también sus brazos, rompiendo a llorar igual que un niño:

—¡Goofy! —gimió entre sollozos— ¡Vuelves con papá!

—Sí. Esto… —balbució Sal— ¿Me prestarías tu coche un momento, papá?

—¡Pero si tú no sabes conducir, tontín!

—Anda que no… —respondio Goofy— ¡Espera y verás!

Huisman se sentó a bordo del holotrasto de Disney y, no sin esfuerzo, logró arrancarlo a la quinta o a la séptima. Elevó la palanca del freno de mano y pisó el acelerador hasta el fondo. Rezó una oración de tres líneas a San Patricio y soltó el freno.



Con el impacto, la persiana desapareció igual que si fuese de cartón. Con ella, también el dueño del grosero par de ojos que la guardaba. Y Sal, embutido en su disfraz de perro estúpido, salió disparado hasta el antiguo guardarropía del Palacio.

—Esto va a doler… —se dijo mientras se desincrustaba una percha del culo.


- 5.06 -

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Como música de fondo, el fugitivo Sal escuchaba el tarareo loco y anfetamínico de su nuevo amigo Walt.

La paciencia se le estaba acabando, no estaba dispuesto a ahogarse en un viejo baúl. Soltó su mejor puñetazo contra la tapa del arcón, para descubrir con gran alborozo que estos cajones ya no se fabricaban como antes. Con un chasquido seco, la cubierta cedió y Sal emergió al exterior.

—¡Pero que ha hecho usted, buen hombre! —gritó Disney volviendo la vista hacia atrás—. Ha destrozado mi baúl. Fue un regalo de Teddy Roosevelt (que Dios lo tenga en su Gloria) en 1946. ¡Criminal!

A Sal no le apetecía discutir sobre el origen del baúl, pero sujetaba en su mano una etiqueta, sacada de la parte superior del baúl, que decía Made in Bangladesh.

—Casi muero ahí dentro —atinó a decir Sal. Estaba a punto de arrojarse contra el viejo chiflado y estamparle la cabezota contra el salpicadero hecho de burtiléster.

—¡Puuf! Ya será menos, Goofy.

"¿Goofy?" pensó Sal.

Disney dejó de hablar, otra cosa había captado su atención. Empezó a mover el cuerpo siguiendo el ritmo de la música, puso al máximo el volumen de la radio y berreó:

—¡Pero que maravilla, por Dios! ¡Esto es el culmen de la cultura humana, es mejor que el Goyo Ramos remixes!

Sal Huisman miraba a su alrededor, horrorizado por la actitud de Disney, buscó a través de las ventanas del aerocoche un lugar al que escapar. Disney había soltado los mandos, bailaba encima del asiento descoyuntándose y gritaba, azotándose en una nalga:

—¡Shiiiiií! ¡Sí, oh Señor, esto es magia pura! ¡Dale, nena, dale!

Huisman vio unos carteles, contra los que se aproximaban a toda velocidad invadiendo el carril contrario del túnel y dos naves que evitaban la colisión contra ellos en el último momento. Carraspeó y dijo:

—Señor, creo que ésa es la salida de Wuthering Heights.

—¡Ay, coño, tiene usted toda la razón señor Rogers! —dijo Disney y, agarrando con decisión los mandos del aerocoche, dio un violentísimo volantazo que hizo estamparse a Sal contra el fondo del vehículo.

Habían dejado atrás la avenida Grandísimo Burt y, momentos después, la entrada subterránea principal del Palacio de la Ópera se encontraba frente a ellos.


- 5.05 -

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Fue en medio de estas cavilaciones cuando Sal cayó en la cuenta de que se estaba quedando sin aire. Llevaba más de treinta walters encerrado en el interior de aquella caja y las grapas sintéticas con que Disney había adherido la cabeza de papel-cartón a su disfraz de Goofy le impedían desprenderse de ella. Comenzó a angustiarse y a sentir un acaloramiento atroz.

Desde dentro, Huisman intentó abrir el baúl a golpes. Forcejeó para vencer la resistencia de la tapa, pero no logró más que fatigarse y derrochar oxígeno.

Disney, pendiente de encontrar la salida de Wuthering Heights, pudo oir los golpes que provenían del cajón del maletero. Eran golpes rítmicos y secos. Por eso, en vez de preocuparse, subió el volumen de su radio, creyendo que también a su amigo le encantaba aquel arreglo techno-trash del 'Cascanueces' de Tchaikovsky.

—Lo sé, lo sé… ¡Es espectacular! —berreó el viejo.

Sal quiso gritar, pero recapacitó durante unos segundos y resolvió que sería muy poco inteligente. Así que se enroscó haciendo un ovillo e intentó serenarse contando hasta cien.


- 5.04 -

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Sal se consideraba, para la época, un buen lector de hololibros. Antes de su viaje había conseguido en la Tierra un ejemplar de Berlín-Lisboa, de Pietro Eugénides Morán, un autor legendario que escribió su más importante obra encerrado en un cuartucho, solo y abandonado. No podía dejar de admitir que el hololibro le había impactado. Redactado en un estilo cáustico y misterioso, dejaba un sentimiento de duda y de miseria ante lo inevitable, ante lo absurdo del libre albedrío. Entendía ahora que el doctor Morán hubiera tenido tantos seguidores después de su muerte, a pesar de ser considerado siempre un profeta underground.

Berlín-Lisboa le había dado claves, un tanto místicas, para adentrarse en el planeta —de una manera diferente a la de anteriores viajes—, a pesar de una molesta tendencia del autor en determinados pasajes de la obra a un desaforado dramatismo, muy propio del siglo en el que vivió.

Sin embargo, lo que no le había advertido el libro era que podía encontrarse un personaje como el anciano que manejaba con gestos convulsos los mandos del aerocoche mientras insultaba a otros sufridores conductores en el segundo subterráneo de Ostrich City: Walt Disney.


- 5.03 -

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Time: 18.09

Tras innúmeras deliberaciones, Disney resolvió que lo más adecuado sería introducir a su protegido en un baúl para que ambos pudiesen salir del edificio sin problemas. De ese modo, si cualquiera de los ciborgs que guardaban la entrada de acceso a las aerococheras intentaba registrar su cajón, podría declarar que en su interior no viajaba más que un puñado de telas obsoletas.

Y eso fue lo que hizo: Introdujo a presión a Sal Huisman en el interior del baúl de viaje y lo arrastró a duras penas hasta la puerta del montacargas. El interior de la caja estaba forrado de terciopelo rojo y olía a naftalina, como casi todas las cosas en casa de Disney. A cada empujón, Sal podía percibir con mayor nitidez el crujido constante de sus maltrechos huesos.

Disney condujo el cajón hasta la entrada del aeroparking. Tecleó el código de acceso restringido de máxima seguridad:

—1, 2, 3…

Y la barrera de protección se desvaneció automáticamente con un zumbido.

Un ciborg metalizado marca Cialis provisto de implantes humanos y luces de emergencia se acercó hasta donde estaba con paso patituerto. Con tono inquisitivo le preguntó:

—¿Naturaleza de la salida?

—Reciclado de ropa vieja.

—¿Tiempo estimado?

—Unos veinte walters, no más.

—Puede seguir.

El aerocoche de Disney permanecía suspendido en el aire en una de las plazas más oscuras y apartadas del garaje. Era un viejo Ford Titanius de color esmeralda con cortinillas y lunas moradas. El anciano se subió a él a través de la escalerilla y redujo los niveles de flotación para poder introducir el equipaje en el maletero.

Golpeó levemente la tapa del baúl con los nudillos.

—¿Se encuentra bien, señor Rogers? —preguntó.

Shi… —respondió Huisman tímidamente.

—Bien.

Disney dejó caer el cajón en el portamaletas y el aerocoche descendió otros dos palmos sobre el nivel del suelo. El viejo creyó oír entonces un leve gemido y algo parecido a una blasfemia pronunciada en hebreo, pero no le dio mayor importancia. Estaba acostumbrado a escuchar cómo su coche se quejaba cada dos por tres.

Se sentó a los mandos del aeromóvil y programó la ruta en el ordenador.


- 5.02 -

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—Mire —dijo Sal—. Nunca nada bueno me pasó en este planeta. Salvo en mi primera visita cuando era un niño, siempre he asociado Athena a las mayores desgracias de mi vida.

—No sé qué tiene eso que ver conmigo.

—Tal vez nada, anciano; pero quiero decir que no me asusta lo que me pueda pasar. No he llegado aquí para quedarme metido en un traje de perro. En los últimos días me han apalizado, perseguido e intentado matar...

—Joven —dijo Disney—, mi vida no ha sido fácil tampoco, la verdad sea dicha.

"Espero que no vuelva con la estúpida idea de la criogenización" pensó Sal.

Quería salir de allí. Se encontraba extraño con su traje perruno, ajeno a todo.

Un pensamiento loco: al salir de allí le devoraría la multitud; un perro siempre es un plato agradecido en Ostrich City.

Para él, los últimos días habían discurrido en un ambiente de pesadilla, un escenario onírico en el que todos, incluído él, se movían sin demasiado criterio buscando un desenlace absurdo, un cisma con la realidad que todos habían conocido siempre.

Pensó en "El extranjero".

Pensó en la relación entre la desesperanza y el miedo.

Recordó su última conversación con Chinarro antes de escapar de la Tierra: le había dicho al mafioso que él mismo le había enseñado que un hombre sin esperanza era un hombre sin miedo. A través del teléfono había imaginado helarse la sonrisa en la faz de Fabrizio Chinarro, gracias a una cita de un Frank Miller que pocos recordaban.

—... pero no le aburriré con los detalles —continuaba diciendo el viejo Disney—. Váyase si quiere, no le voy a retener. Es fácil llegar al Palacio de la Ópera. Sólo tiene que coger el túnel 33 hasta la avenida Grandísimo Burt dirección Sur y allí...

—Perdone —le interrumpió Sal—, pero no tengo aerocoche. Dígame dónde puedo conseguir un Zraxi o como se llame aquí el transporte público.

—Aquí no hay de eso —le espetó Disney—. En Ostrich hay que coger una Publicinta... pero no debe hacerlo, es demasiado expuesto, podría cogerle alguna cuadrilla ciudadana de Espíritus Athénicos, los nacionalistas que han alentado a la turba para que le linchen... ¡yo mismo estoy en peligro ahora por acogerle!

Disney, nervioso, empezó a dar vueltas por la habitación. Su cuerpo volvía a sufrir aquellos inquietantes espasmos.

—¡Sólo podemos hacer una cosa! —concluyó— ¡Le llevaré en mi aerocoche!


- 5.01 -

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Disney se volvió para ajustar la enorme cabeza de papel cartón sobre los hombros de Huisman al tiempo que intentaba desviar la conversación.

—Sigo pensando que es un riesgo salir a la calle sin documentación, señor Rogers.

Con cada movimiento de Sal, la cabeza de Goofy se tambaleaba de forma amenazante. Era demasiado grande y pesada para ser soportada por su débil cuerpo.

—Además, no tiene usted ni un miserable drulock... Yo le prestaré algo de dinero.

Sal permanecía en silencio bajo aquel enorme armazón tembloroso, esperando una respuesta a su pregunta.

—Voy a por mi máquina de grapas sintéticas —dijo el viejo Walt— Vuelvo ahora mismo.

Al cabo de unos minutos volvió a entrar en la habitación sosteniendo un puñado de grapas sintéticas en las manos y una tarjeta en la boca.

Mientras grapaba la cabeza de Goofy al resto del disfraz, Disney le dijo a Huisman:

—He pensado que un plano de la ciudad le vendrá bien para orientarse.

Y también le dijo:

—Quiero que tenga mi tarjeta, por si le pasa cualquier cosa.

Sal seguía callado. Disney le puso en la mano un pequeño pedazo de cartón descolorido. Era éste:


TRECE LUNAS


Por detrás figuraban su enlace de IP y su código de conexión personal. Estaban escritos a mano, con letra temblorosa y tinta verde. El viejo apretó el puño de Huisman emocionado, igual que lo habría hecho un padre orgulloso de su hijo.

Cuando al fin volvió a hablar, Sal preguntó otra vez:

—¿Piensa decirme cómo puedo llegar al Palacio de la Ópera?

Y Disney, de nuevo evasivo, le respondió con preguntas:

—¿Para qué demonios quiere ir allí? ¿Es que no se cansa de poner su vida en peligro?


- 4.10 -

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—Y hay otra cosa... —dice la señora. Suspira y mira al tendido antes de continuar—. A mi George le obligaron a cambiar… Sí, a cambiar.

—¿A qué se refiere? —inquiero.

Entonces se desata la tormenta.

Los lamentos agónicos del antiguo Richard Kirkland hacen erizarse los pelos de mi nuca, gruesos lagrimones gotean desde su cara hasta la gruesa moqueta de sintechilindrón —un material carísimo, mi mujer nunca pudo permitírselo— que cubre el suelo del salón. Unos minutos después, cuando estoy a punto de lanzarle un puñetazo a la jeta, de forma tan súbita como comenzó, el drama se detiene. Aparentemente, vuelve a estar tranquila/o.

—A cambiar. La única exigencia que le pusieron fue implantarle una coleta, un bigote achinado y una perilla.

—¿Implantarle?

—Sí, implantarle, estúpido polizonte. Implantarle el pelo.

En ese momento acaricio la electroporra de mi cinturón. Ella ve mi gesto y deja de provocarme, salvando su cuerpo operado de una reversión traumática a su estado original.

—Mi marido era lampiño. Apenas tenía pelo, ése era uno de sus mayores encantos.

Viendo las tetas peludas del amigo Richard, no acabo de entender su exposición.

—Le obligaron, para cobrar los drulocks que le prometieron, a someterse al cambio, a tener una apariencia extraña… ¿Ve los programas de holovisión de la Tierra?

—No me interesa mucho esa civilización decadente.

—¡A mí tampoco! —chilla. Está volviendo a alterarse—. Pero los veo en ocasiones… Bueno, lo cierto es que lo dejaron como a un Híbrido de Fundición, es una imagen que se lleva bastante ahí abajo en las ciudades que quedan en pie.

—Ya veo —digo.

—Sin embargo, en Ingmar City y todavía más en Ostrich, es una provocación. Es identificarse como un terráqueo y eso, a los nacionalistas, no les gusta demasiado.

La conversación termina aquí. Me levanto, me despido y le digo que ya la llamaremos si necesitamos alguna aclaración más. Salgo a la galería aérea por la que entré.

Time: 10.03

Hay algo que no me cuadra.

No creo en las casualidades. Sólo tengo más preguntas: ¿Por qué estaba Komaropoulos trabajando en el "Moon by the Sea"? ¿Por qué imitaba la imagen de Huisman? No le valió de nada; destrozado contra el suelo ya podía ser el mismísimo Bismarck, que nadie lo hubiera reconocido. ¿Por qué Chinarro quiere eliminar a Huisman? Y, sobre todo ¿dónde cuadra Leelan Spandarian y el clan de los Armenios en todo esto? ¿Es Sal Huisman la persona que se alojaba en el hotel?

En Athena todos buscan a Sal Huisman; en la Tierra también lo hacen: ellos porque mató al alcalde de Lisboa; nosotros porque nos lo manda Chinarro.

Siento un tipo de asco especial por todo lo que está pasando.


- 4.09 -

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Mis zapatos están recubiertos de una leve capa de polvo azul. Pienso en mi añorada gamuza de flader especial para limpiar zapatos mientras miro el estúpido reloj de la pared con disimulo. Richard Kirkland, velluda señora —ahora viuda— del acróbata del “Moon By The Sea”, sigue llorando sobre el reposabrazos de su sillón. Absorbe sus mocos con una frecuencia aproximada de seis segundos. El tic-tac exasperante del reloj de cuco me ayuda a precisar mis mediciones.

—Yo sabía que algo así iba a pasar… —balbucea ella entre sollozos— Antes o después acabaría pasando. Lo sabía…

—¿Por qué lo sabía, señor…a Kirkland? —le pregunto mientras me hurgo en la oreja con el meñique.

—Se lo advertí, pero no quiso hacerme caso… Le pedí que no aceptara. ¡Se lo supliqué! —me grita congestionada.

—No llore, mujer —le digo por compasión, supongo, con un poco de grima también— Dígame sólo qué fue lo que ocurrio.

—Ay, ay, ay, ay… —vuelve a gemir.

Si no fuese porque la muy desgraciada me dobla en estatura, le arrearía un buen tortazo ahora mismo. Maldita barbuda llorona.

—Ocurrió hace un mes y medio —explica mientras se limpia los mocos y las lágrimas con el dorso de la mano—. George llegó a casa feliz porque acababa de encontrar trabajo como limpiador en el hotel. Oh, George…

Más lágrimas. Vaya.

Los minutos continúan cayendo por la pared y a mí se me están empezando a hinchar las pelotas.

—¿Quién contrató a su marido, señora? —le pregunto.

—¡No lo sé! —responde— George me habló de un hombrecillo minúsculo. Creo que tenía bigote… Eso es todo cuanto sé.

—¿Fue eso lo que le hizo desconfiar de aquel empleo, el que aquel hombre no se identificase?

—¡Oh, no! —contesta— No fue eso lo que me hizo sospechar. No…

—¿Qué fue entonces? —Hace cinco minutos que se me ha acabado la paciencia.

—El que le pagase por adelantado. Eso fue. Le pagó 12 millones de drulocks por adelantado…

Difícil resistirse a una oferta así. Especialmente cuando has de hacer frente a una segunda hipoteca y a un tercer intento de cambio de sexo.

—Comprendo —¡y tanto que comprendo!— ¿No puede decirme nada más del hombre que pagó a su marido?

—No, —medita— lo único que llamó la atención de George fue su bigote: Tenía un bigotín ridículo…


- 4.08 -

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El reloj de cuco es el único sonido en la sala.

Las almas están quietas, los espíritus acongojados, pero el tic-tac nos recuerda la inconsistencia del mundo. La peluda señora de Komaropoulos empieza entonces a gimotear en su sillón, presa de la angustia, aportando una segunda voz al canto monocorde del reloj.

He notificado muchas muertes en mi vida y sigo sin acostumbrarme. Sigo sintiéndome como un mensajero de la desesperación, como una broma existencialista de dudoso gusto.

Mis pensamientos se dispersan cuando el sufrimiento es tan fuerte a mi alrededor, me cuesta concentrarme en lo que me ha traído aquí: la relación que pueda existir entre el fallecido y Sal Huisman, entre un encargado de mantenimiento de hotel y el presunto asesino del alcalde de Lisboa.

Observo mis propios zapatos, simulando fascinación ante ellos. Me cuesta mirar al señor Kirkland/señora Komaropoulos a la cara, o incluso a sus tetas melenudas.

Voy a darle unos minutos más. El cuco anuncia las 9.30 de la mañana.


- 4.07 -

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"Cuando te sientas solo y aburrido, como caído, sin ganas de luchar…"

El pulsador del timbre se ha quedado atascado en la caja. Menuda mierda. No recuerdo una canción más pegadiza que ésta, ni tampoco un momento menos apropiado para escucharla. También es verdad. Qué mala suerte.

Intento desencajar el botón de un golpe, pero lo único que consigo es que el ritmo de la canción se acelere. La voz suave y aterciopelada de Goyo Ramos se convierte en un torrente agudo y aflautado como el quejido de un enano hidrocefálico con medio litro de helio en sus pulmones.

Desde detrás de la puerta se oyen pequeños pasos taconeando a la carrera. Alguien grita:

—¡Ya voy! ¡Ya voy! —dice la voz— ¡Qué prisas!

"Cuando te encuentras incluso afligido, como dormido, sin ganas de escuchar…"

—¡Espero que sea algo urgente de verdad! —sigue gritando la voz, cada vez más cercana.

Desde el otro lado de la puerta se puede percibir el ruido de la clave de desprotección. A juzgar por el sonido breve de los tonos, la contraseña está compuesta por números cortos. Es la configuración de serie de todas las puertas de seguridad: 1-2-3.

"No te lo pienses y sé decidido, ponte el abrigo y no mires atrás…"

Quien abre la puerta es un hombre gigantesco y barbudo. Está maquillado y no consigo distinguir si su larga cabellera rubia es natural o si se trata de una peluca. A través del escote de su blusa roja de flores se pueden adivinar dos preciosas tetas recubiertas de vello, peludas como dos cocos. Me atrevería a decir que se trata de Richard Kirkland. La música sigue sonando:

"Sigue este ritmo y busca tu terreno, el saloncito donde puedas tú bailar…"

—¿El señor Kirkland? —pregunto alzando la voz por encima de la música del timbre.

—Señora de Komaropoulos, si no le importa. —me corrige mientras asoma la cabeza hacia la calle, intentando descubrir el origen del problema.

—Está bien, señora… —se me hace difícil llamarle señora con esa barba— Mi nombre es Siphronius Radzinski…

¡Sal… Baila que te empuja! ¡Ven… Baila sabrosón!

El estribillo incita al baile de mala manera, pero ahora mismo no procede. La verdad es que no.

—Perdón, no puedo oirle —grita él… Ella… Lo que quiera que sea.

—¡SIPHRONIUS RADZINSKI, POLICÍA DE OSTRICH CITY! —vocalizo y gesticulo como un sordomudo.

¡Sal… Baila con Maruja! ¡Ven… Baila sí señor!

—¡Puto timbre! —dice Kirkland mientras se ensaña a martillazos con la caja del llamador de una forma que se me antoja poco femenina.

Y de pronto se obra el milagro. Vuelve a reinar el silencio en la Urbanización Eithios. El timbre, destrozado y todavía humeante, lanza algunos pequeños chispazos esporádicos.

—Disculpe, —me dice mientras se aclara la voz— ¿puedo saber qué es lo que quiere?

—He venido a comunicarle que su marido, George Komaropoulos, ha fallecido hace unas horas, señor… Digo, señora.


- 4.06 -

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Time: 8.03

Salgo de la dermoletrina —la pelea con Miranda me ha causado un inusitado apretón— percibiendo como el elegantemente discutible olor de la jiñada se cuelga en mi hombro como un mono loco. Algunos policías se voltean al verme pasar, otros hacen gestos de asco... Mi popularidad no hace sino aumentar en el Departamento de Policía de Ostrich City.

A pesar de todo, las gasas limpiadoras han permitido dignificar, hasta cierto punto, mi presencia personal antes de abandonar el edificio. Me encuentro momentáneamente mejor, pero cada día me parezco más a Big Joe, un tío gordo que colaboraba con los traficantes de Myers y que, tras su paso por los calabozos inhibidores hace unos años, dejó un aroma pestilente el cual algunos de los guardias que trabajaron esa noche siguen percibiendo en la planta 85 donde alojamos al sujeto; algunos de ellos aseguran tener todavía pesadillas durante las noches, lo que les hace vomitar compulsivamente en el Campo Gravitacional de Descanso lo que, pueden creerme, no es muy agradable. Que triste leyenda sobre un calabozo encantado a base de pedos.

No sé dónde está Miranda Butler, ni me importa lo más mínimo.

Llego al segundo nivel subterráneo de la Comisaría, me encajo como puedo en mi holocoche particular y salgo de allí.

Me sumerjo en el loco tráfico de Ostrich City, hacia la salida de la ciudad. En el extremo sur de la misma se me acaban los túneles. A partir de ahí tengo que viajar a cielo abierto.

No es que eso sea particularmente peligroso —mi coche está preparado para el frío— pero sí muy incómodo: las turbulencias y el cierzo agitan al coche como un malabarista borracho, además de dispararse el consumo fuera de la atmósfera controlada del subsuelo lo que, al nivel de precios que adquirió el combustible con la Crisis de la Teleportación, me obligarían a pasarle al departamento una interesante nota de gastos.

En los alrededores de Ostrich está Ingmar City. Ambas localidades están separadas por el río Cannonball, que da nombre al valle en que se encuentran estas dos ciudades y que está circundado por la serranía de Olimpia. Es un tranquilo pueblo costero, que antiguamente alojó las villas de millonarios terrestres y que en la actualidad es zona ocupada por los potentados de Athena.

Time: 8.59

Todo en Ingmar City era un gran decorado. Imaginado en los 80 como un complejo turístico, comprendía un falso pueblo de pescadores africanos que se trajeron de la antigua Zanzíbar. Tuvo tanto éxito que los terrícolas empezaron a comprar lujosas villas en las faldas de la sierra de Olimpia, que se llenaron de actores y jugadores de pelota. Las antiguas villas se reformaron con el cambio climático y ahora tienen grandes porches protegidos con barreras térmicas y vistas sobre la bahía. Yo nunca podría permitirme algo así, no soy un importante policía que esté muy arriba en la lista de amigos de Fabrizio Chinarro. Aquellos habitantes que trabajaban en Ostrich se podían permitir el viaje en aerocoche o viajaban en el exclusivo tren gubernamental propulsado por turingio que llegaba hasta el centro de la ciudad, en plena Burt Plaza.

La casa de Kirkland y Komaropoulos era modesta, mas con cierto encanto. Se encontraba en el puerto y era una pequeña vivienda de dos alturas de color azul. Había aparcado en el único subterráneo de la calle y cruzado hasta la puerta del difunto Komaropoulos. Las galerías eran en Ingmar diferentes a Ostrich City; aquí no siempre estaban en el subsuelo, sino que a menudo eran túneles transparentes por encima de la tierra, algunos incluso elevados decenas de metros, lo que permitía disfrutar de la salvaje naturaleza de este planeta. Esta ciudad era un sitio elegante.

Pulsé el timbre de la casa. Sonó una melodía que identifiqué como una antigua canción de Goyo Ramos, tatarabuelo del primer alcalde de Ingmar City.


- 4.05 -

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Time: 7.47

Tengo el vientre hinchado y los pantalones pegados al culo. Es asqueroso. Mucho. Y doloroso y humillante también. Ahora mismo me siento igual que si fuese una gran bola de aire y mierda seca. Y odio esta maldita licra thermolactyl, la odio con todas mis fuerzas. Me irrita las nalgas y la entrepierna. Me escuece el escroto. Lo tengo en carne viva.

Puedo sentir cómo se agita mi intestino. Lo hace de forma abrupta y violenta; exageradamente violenta. Mis tripas bailan como si fuesen gelatina en manos de un epiléptico enfermo de Parkinson. La sensación es parecida a lo que deben de sentir las bolas dentro del bombo de un ciberbingo. Una comparación pobre, lo sé, pero que define a la perfección mi estado actual.

—No te soporto —ha sido lo último que ha dicho antes de irse.

De todo lo que ha escupido en estos últimos minutos, Miranda Butler lleva razón en algo: Tengo que ir a ver a un especialista cuanto antes. Esto no es normal. No soy más que un saco de gases y heces. Una bolsa de mierda con apariencia de viejo loco uniformado.

Si encuentro al estúpido que anda escribiendo tonterías sobre mí en los cuartos de baño, juro que le haré comerse mis pantalones. Lo juro por mi úlcera de duodeno.

Es una bendición que se haya ido esa mujer. Aprovecharé que estoy solo para acercarme a casa de Kirkland. Sospecho que tendrá cosas interesantes que contar.

No encuentro las jodidas llaves del aeromóvil. Joder.


- 4.04 -

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Miranda revolvía papeles de mi despacho y lo hacía sin demasiado sentido, como haciendo tiempo. Esperé, con la esperanza de que se animara a decirme algo; sabía que sus lealtades en algún momento chocarían con su conciencia. Ella se giró, abrió la boca… y no dijo lo que me esperaba:

—¿Has pensado en que te vea un médico? Ya sabes… Tu problema intestinal. Es desagradable para los demás.

—Oye Miranda… —dije yo— ¿De qué va esto?

—¿El qué?

Me levanté con demasiado ímpetu de la silla, lo que hizo que ésta saliera disparada hacia atrás, golpeando la pared del despacho con un fuerte ruido. Los dos pegamos un respingo.

—No me vengas con mierdas —le espeté—. ¿Por qúe este tío es tan parecido a las fotos de Huisman?

—No lo sé —dijo con voz temblorosa.

—Deberías saberlo. El amigo Chinarro te ha puesto aquí para que elimines a Huisman, ¿acaso te has equivocado? ¿O fue otro asesino…? ¿Cuántos hijos de puta hay sueltos por mi ciudad?

El puñetazo de Miranda me sorprendió sin los pies firmes, me hizo tambalearme hacia atrás y caer sentado encima de mi silla.

—¡No es tu ciudad, viejo cabrón! —me gritaba, escupiendo pequeñas pelotillas de saliva furiosa alrededor de mi despacho. Esta chica estaba perdiendo su encanto a pasos agigantados—. No me insultes ni me juzgues o te mataré sin dudarlo.

Eso no lo dudaba. Eran mis eternos problemas con las mujeres.


- 4.03 -

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George Komaropoulos no tenía antecedentes penales.

Acababa de cumplir cuarenta y un años. Era natural de Ingmar City, tenía sobrepeso y estaba casado con otro hombre llamado Richard Kirkland. Tenía bigote y el pelo considerablemente largo. Fumaba.

Había encontrado empleo como encargado de mantenimiento en el “Moon By The Sea” hacía unas cinco semanas. Era diabético. No tenía carné de aeromóvil y era hincha de los Red Warriors de Ostrich.

Una persona normal, en apariencia. Con una salvedad: La naturaleza y el azar, caprichosos como siempre, se confabularon en su contra; quisieron que se pareciese demasiado a quien menos debería parecerse.

No es extraño que los confundiesen. Puestos el uno junto al otro, los retratos de Sal Huisman y George Komaropoulos parecen holocopias. No es difícil intuir quién se esconde detrás de todo esto. No es obra de Huisman, sino de Chinarro. Apuesto a que Miranda sabe mucho más que yo de todo esto.

El viudo Richard Kirkland trabaja como galerista en laRiley Art Acquisitions” de la Avenida Bismarck IV. Creo que no estará de más que vayamos a hacerle una visita para recabar alguna información. Si todavía no se ha enterado de la noticia por los holodiarios, tendremos que ser nosotros quienes se la demos.

Daría mis huevos por una ducha caliente y unos calzoncillos…


- 4.02 -

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El reloj de la comisaría marca las 7.29 de la mañana.

Realmente no importa mucho la hora, para los habitantes de Athena es media tarde en Berlín. Los estamentos públicos tendemos a defender la hora local, a regirnos por ella; pero el mercado interestelar, aunque débil, se impone en el resto de la sociedad: el sector público está solo en la defensa de sus valores, absurdos pero nacionales.

Han olvidado los athénicos a qué hora deberían despertarse; siguen un horario a varias semanas-luz de aquí, se estremecen en las heladas madrugadas con cruasanes y cafés tan desorientados como ellos, se aman a deshora… en fin, nunca antes el tiempo había mostrado su verdadero rostro, lo etéreo de su existencia, lo falaz de su avance.

El tiempo es una mentira, los Transpai lo demostraron —la existencia espacio-temporal se pliega para llegar instantáneamente de un punto a otro de la galaxia—, la experiencia lo confirma… Y nosotros seguimos teniendo relojes, bellos relojes de carillones, funcionales relojes digitales y siempre estúpidos, estúpidos relojes.


- 4.01 -

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Time: 07.21

Si hay algo en esta miserable vida que odie más que encontrarme sin una sola gasa higiénica limpiadora en medio de una cagada es descubrir que algún gracioso se divierte a mi costa escribiendo estupideces en la barrera térmica que separa las dermo-letrinas de los lavamanos.

Miren lo que ha escrito el muy imbécil. Ha escrito:

Radzinski pichafloja y maricón

—Bien por ti, muchacho —me he dicho con mucho ardor al tiempo que apretaba el músculo orbicular y contraía mi esfínter.

Los hay que no se conforman con cagar dentro y fuera del dermo-inodoro. Los hay que no se conforman con agotar la última gasa higiénica contra su maldito culo. Los hay que no se conforman si no esparcen también su mierda por las paredes y las barreras térmicas de separación.

Supongo que tendrá que haber estúpidos en todas partes, pero a veces creo que todos han venido a parar a este jodido departamento. Al maldito Departamento de Policía de Ostrich City. En momentos como éste, no exagero si digo que los mataría a todos.

Miranda me espera junto a los lavamanos. Es otra de las cosas que no soporto ni soportaré nunca: Que alguien me apremie mientras cago. Especialmente si ando mal de vientre y no tengo gasas higiénicas limpiadoras a mano.

Tengo que hacer verdaderos malabarismos sobre la taza para quitarme los pantalones del uniforme sin que ella se entere. Antes de eso he registrado cada bolsillo de mi gabardina en un último intento desesperado por encontrar algo que sirva para limpiar mi maltrecho culo. Mientras tanto, Miranda se impacienta:

—¿Te falta mucho, cagoncete? —pregunta ella, feliz y cantarina, ignorando lo que me traigo entre manos.

—¡Enseguida termino! —maldigo entre dientes mientras suspendo las piernas en el aire intentando sacarme con el máximo cuidado mis calzoncillos de tres días marca Keclasse.

Los sostengo en mis manos por última vez. Son rojos y flexibles. Huelen como cualquier calzoncillo de tres días de cualquier hombre descuidado con problemas de próstata. No es ninguna sorpresa. Estos calzoncillos podrían servir como epitafio a toda una vida, sin embargo hoy van a salvarme de un ridículo mayor que el acostumbrado. Miranda resopla y golpea insistentemente el suelo de los baños con el tacón de su zapato. También la mataría a ella ahora.

Es muy triste ser viejo. No hay más que verme para darse cuenta.

Aunque con algunas dificultades, los calzoncillos han cumplido su función. He hecho una pelota con ellos y ahora viajan a través de los conductos de evacuación de la comisaría central. Pronto llegarán a la atmósfera y desaparecerán en cualquier agujero negro. Algún día me reiré recordando esta aventura.

Miranda grita ansiosa desde el otro lado de la barrera térmica:

—¡Acaba de llegar un holofax! ¡Han identificado al suicida!

Intento recomponer el gesto y secarme el sudor de la frente y las mejillas mientras me vuelvo a poner los pantalones de licra thermolactyl del uniforme. Me siento igual que si me hubiese estado revolcando en una ciénaga de mierda durante los últimos seis años.

Reúno el valor suficiente para pulsar el código que abre la barrera térmica y volver a mirar a mi compañera a los ojos. Está apoyada contra el espejo. Sonríe.

—Se llamaba George Komaropoulos —comenta mascando chicle a dentelladas.

—Eso está bien —le contesto mientras me lavo las manos.

Miranda no deja de mirarme con la mitad derecha de su ceño fruncido. Hay una curiosidad malsana en su mirada. Me dice:

—Rad, ¿me dejas que te haga una pregunta indiscreta?

Me pongo a temblar mientras le digo que sí con la cabeza.

—¿Estás seguro de que te has limpiado bien? —vocifera— Es que no veas qué peste a mierda…


- 3.09 -

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Time: 16:46

Sal acabó de ajustarse la cabeza gigante de perro. Miró a Disney a través de la pupila inexistente de unos ojos falsos. De repente la oblonga habitación de chillones colores parecía tener mucho más sentido. El traje perruno le quedaba como un guante.

—¿Y dice que este… Goofy le hizo ganar mucho dinero?

—Una cantidad inimaginable señor Rogers, inimaginable. ¡Por esto me llamaron genio!

—Lógico también —dijo Huisman, pero pensó "Cu-cú".

Disney miró alrededor, inquieto.

—Mire —dijo—. Esto no me gusta nada. Le tengo mucho cariño a este traje de mi fiel amigo Goofy. Hemos pasado tantas jornadas inolvidables…

El anciano parecía a punto de ponerse a llorar. Su cabeza volvió a sufrir otro extraño espasmo y una lágrima se deslizaba, ya errabunda e histérica, por una faz aterradora, estirada y artificial. A Sal le recordó a la famosisísima Cher que falleció, cogida de la mano junto a la también mítica actriz Concha "Matusalén" Velasco, durante la Nochevieja del año 2277.

—No sufra, buen hombre. Se lo devolveré intacto —Sal dudó un momento antes de continuar— Si le digo una cosa… ¿mantendrá el secreto?

—Nadie me creería, hijo.

—¿Cómo puedo llegar al antiguo Palacio de la Ópera?


- 3.08 -

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—Hablo en serio —insistió Sal intentando desviar su mirada del mentón aceitado del viejo—: Los parques temáticos desaparecieron hace más de dos siglos. ¿De qué me está hablando?

—Verá, señor Rogers… —dijo Walt Disney masticando cada sílaba— Es una historia larga y difícil de contar. ¿Cree usted en la resurrección de la carne?

—Básicamente no. Pero estoy dispuesto a escucharle… —contestó Sal Huisman, condescendiente.

—Bien… —carraspeó— Yo nací hace más de cuatrocientos años: En 1901, para ser exactos, cuando los años todavía duraban doce meses. En el año 35 antes de Burt (a. B.) para que me entienda. Lo hice en Chicago, una ciudad muy parecida a Ostrich City en muchos aspectos.

—Aham —asintió Sal cuando lo único que pensaba era “maldito viejo loco”.

—Tuve suerte. Las cosas me marcharon bien allá en la Tierra. Comencé haciendo animaciones, ya sabe, aquellos antiguos dibujos animados que divertían tanto a niños y mayores, y con el paso del tiempo acabé por fraguar un verdadero imperio que llevó mi nombre: Walt Disney. Muy pocos recuerdan ya ese nombre pero le juro, amigo mío, que en el siglo XX no había nadie sobre la faz de la tierra que no conociese al viejo Walt.

—Entiendo —contestó Sal con cara de circunstancias cuando lo único que pensaba era “tengo que salir de aquí enseguida”

—A los sesenta y cinco años pasé a mejor vida. Fallecí clínicamente. O eso dicen. Verá: Un año antes de descubrir que tenía cáncer de pulmón cayó en mis manos un librito muy interesante de Robert Ettinger, un catedrático de física de la Universidad de Michigan. Se titulaba “El prospecto de la inmortalidad” y confieso que lo devoré con fruición. En aquel tiempo ya estaba obsesionado con la idea de la muerte, pero especialmente con la idea de la vida eterna.

—Lógico —apostilló Sal sonriente, cuando lo único que pensaba era “está como una auténtica cabra”.

—Llegué a fundar, fíjese usted, la Comunidad del Mañana. Pero fue un auténtico fracaso según he leído en los informes redactados por mis herederos. La idea era devolver al hombre la ilusión de ser inmortal, o al menos, de prolongar su existencia.

Sal permaneció en silencio; ladeó ligeramente su cabeza hacia la izquierda.

—Fallecí el 15 de diciembre de 1966, diez días después de mi sexagésimo-quinto cumpleaños. No me enteré de nada. Todo está en mi informe médico. La causa de mi muerte fue un paro cardíaco. La hora de mi defunción, las nueve y media de la mañana, hora de Burbank, Los Angeles, California.

—Dígame, ¿Intenta tomarme el pelo? —preguntó Sal, desconfiado.

—No —le cortó Disney—. Escuche: En cuanto mi corazón dejó de latir, me inocularon heparina para evitar que mi sangre se coagulara. Después me practicaron respiración artificial y masaje cardíaco externo para que la sangre oxigenada circulase a medida que enfriaban mi cuerpo gradualmente con hielo. Me inyectaron una solución preservativa y crioprotectora, y, finalmente, congelaron mi cuerpo con el sistema de anhídrido carbónico por debajo de niveles sub-cero.

—Lo normal —dijo Sal, cuando lo único que pensaba era “está peor aún de lo que creía”.

—Todo esto, como ya le he dicho, lo sé por los informes de mi doctor de confianza, Rod Marshall. Una eminencia en aquella época. Siete generaciones de Marshalls han cuidado de mi cuerpo durante todo este tiempo, durante todos estos siglos.

—Creo que comeré un poco —dijo Sal mientras se servía un trozo de muslo encarnado y grasiento en su plato de papel del perrito Pluto.

—Así que, mire qué cosas, he estado hibernando durante más de trescientos años en una unidad cryo-care a una temperatura de -195 Celsius, abastecida de forma permanente con nitrógeno líquido BF5 System, en uno de los sótanos de la organización criónica Alcor Life Extension Foundation, en Scottsdale, Arizona.

—Interesante —dijo Sal limpiándose la barbilla con el antebrazo.

—Espere, le traeré una servilleta.

La servilleta decía “Disneyland Resort. Welcome to the Magic!”. Las letras, inscritas sobre la silueta de una especie de edificio con almenas puntiagudas, eran rústicas y doradas. Sal se deshizo de los restos de grasa contra aquella leyenda.

—Entonces, ¿Pretende decirme que tiene cuatrocientos catorce años?

—En cierto modo sí. Aunque reales sólo sesenta y nueve. Fui resucitado hace cuatro años. Pero mi antigüedad, como bien dice, es de cuatrocientos catorce años.

—¡Joder! —concluyó Sal mientras intentaba ahogar un eructo inútilmente. ¿Y cómo es que ha venido a dar aquí con sus huesos?

—Supongo que, como todos, porque esperaba que esto fuese mejor que la Tierra. ¿Le apetece postre, señor Rogers?

—Me apetece —contestó Sal, alias Buck Rogers— Y si fuese posible, me gustaría poder disponer también de mi ropa. Aquí hace un poco de frío, ¿sabe?

—No creo que sea inteligente salir a la calle con la misma ropa con la que entró, señor Rogers. Le reconocerán en cuanto salga y le lincharán —dijo Disney, pensativo, mientras miraba al techo de la habitación— ¡Espere! ¡Tengo algo en el armario de mi habitación que creo que podrá servirle!


- 3.07 -

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—Creo que voy a pasar —dijo Sal.

—¿Por qué? —preguntó Disney. Su cabeza sufrió un violento espasmo. Parecía francamente sorprendido.

—No me va la carne humana. Soy de la Tierra —aclaró.

—Pero... ¡si esto es una pierna clonada! Generalmente no matamos a nadie en Athena para comer. Desde la Crisis de la Teleportación el Gobierno autorizó la cría de partes humanas clonadas para consumo. Son ejemplares de ADN que vienen de la Tierra y tienen el certificado de no pertenecer a nadie relacionado con la familia de un Athénico.

—Ese certificado no prueba, sin embargo, que no estemos ante la pierna de un tío lejano mío que se prestó a vender su ADN.

—Eso es cierto, mire usted —admitió Disney—. Aún así, creo que debería olvidar sus prejuicios y disfrutar. Esto no es un ser humano... en el fondo; es en realidad un magnífico ejemplo de la gastronomía norteamericana, siguiendo la antigua receta que empleábamos en mi parque temático antiguamente.

—¿Parque Temático? —inquirió Sal— ¿Cuántos años tiene, buen hombre?

—No quiera saberlo —dijo Disney dándole un entusiasta mordisco al turkey leg.


- 3.06 -

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A Sal le extrañó mucho aquel ofrecimiento. Y no sin razón, pues una de las pocas cosas que sabía sobre Athena era que allí no existía vida animal. En efecto, ningún bichejo pudo soportar las condiciones naturales del planeta: La primera remesa que aterrizó en Athena no duró más de tres días. Y así ocurrió también con las que le sucedieron, hasta que a algún alma caritativa se le ocurrió cesar con la experimentación animal.

Los habitantes de Athena se alimentaban a base de productos exportados desde la Tierra; comida prefabricada y congelados de larga duración en su mayoría. Y también pastas vegetales y frutas confitadas, aunque en menor medida.

Todas las ciudades del planeta estaban dotadas de inmensos depósitos donde se acumulaba el agua dulce procedente de la Tierra. Para que se hagan una idea de la situación: En Ostrich City el consumo diario de agua estaba racionado; cada ostrichiano podía disponer de un máximo de diez litros por día.

Por eso Sal se sorprendió tanto cuando su anfitrión le ofreció turkey leg. Ningún pavo sobrevivió en Athena más de un minuto.

Disney se afanaba en la cocina entre ruidos de cacharros y zumbidos eléctricos cuando Sal decidió asomarse a la barrera calórica de la habitación para observar la calle. Estaba desierta.

El cielo había adquirido un delicioso tono purpúreo adornado de brillantes destellos rojizos a lo lejos. Las nubes eran más finas, casi imperceptibles a la vista. Aquel cielo era muy distinto del que lucía por las noches, naranja y electrizante. Por el día era mucho más bello.

Contemplándolo, Sal se emocionó al recordar las holopostales de Athena que su esposa Janine le solía enviar, describiéndole a cuentagotas el progreso de su enfermedad, contándole de mil formas distintas las mismas viejas cosas de siempre.

Janine comenzaba a recuperarse de las sesiones de quimioterapia cuando Chinarro ordenó a sus hombres que la desollaran. Después de superar con éxito un melanoma múltiple, dos desalmados entraron en la habitación y le arrancaron la piel a tiras. Así paga Fabrizio a quienes le agravian.

Sal había empezado a morderse el labio inferior para no llorar cuando Disney entró en la habitación. Sostenía en sus brazos una bandeja humeante:

—Aquí está su turkey leg, señor Rogers, recién salida del horno...

Pero la pierna no era de pavo como prometía. Aquella pierna tenía un pie de cinco dedos. Era una pierna humana.


- 3.05 -

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Time: 16:13

Walt Disney. Su nombre despertaba algún lejano recuerdo en la dolorida cabeza de Sal.

Observó la hora en un viejo cuco de pared. Desde que salió del Moon by the Sea la noche anterior sólo había encontrado gentuza violenta, en la mejor tradición de Athena; de Myers a la gente de las Avenidas Subterráneas, todos le habían intentado agredir.

Había estado asustado en el hotel porque los sicarios de Chinarro entraran a matarle, cuando en Athena podía uno mismo salir a enfrentarse con la muerte a cualquier hora del día y de la noche.

—¡Qué planeta tan poco apacible! —pensó.

—Descanse aquí un poco más. No tenga tanta prisa —le dijo Disney, mientras salía de la habitación. Había algo raro en sus movimientos— Le voy a preparar un estupendo turkey leg, la especialidad de la casa. Y yo de usted no dejaría el castillo. Hay algunos exaltados esperándole fuera.


- 3.04 -

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Time: 16:11

Sal Huisman se despertó molido y sobresaltado en una habitación extraña. Estaba acostado en un viejo sofá verde que olía a naftalina y a pis de gato.

Sólo la luz de una lámpara de lava iluminaba el cuarto. Lo justo para adivinar algunas formas familiares: La habitación era oblonga; los muebles eran antiguos y pobres. Y las paredes estaban pintadas de un color azul intenso.

Se incorporó con dificultad y comprobó que la brecha de su cabeza era aún más grande que la última vez que se palpó. La almohada sobre la que había estado descansando estaba empapada en sangre.

—¡Ouch! —fue todo lo que acertó a decir mientras se llevaba las manos a la espalda.

En cuanto retiró el termoedredón que le cubría, descubrió que estaba desnudo. Sólo sus calzoncillos de piel de flader seguían en su sitio. Esto le hizo sentir cierto alivio, pero no le ayudó en absoluto a resolver su desconcierto.

Exploró a conciencia la habitación pero no encontró su ropa por ninguna parte. Una punzada recorrió su espinazo igual que una descarga cuando intentó enderezarse.

Frente a él, una lámina horrible flotaba levemente torcida en la pared. Representaba una especie de animal en calzoncillos. Era un bicho negro, panzudo, con grandes orejas y ojos saltones. Un animal estúpido y sonriente calzado con unos enormes zapatos amarillos.

—Sólo un degenerado podría encontrar gracioso este dibujo —murmuró, como si intentase recordar su voz o recobrarla.

Oyó unos pasos que se acercaban e intentó esconderse. La habitación era demasiado pequeña para hacerlo, así que desistió y se volvió a cubrir con el edredón, resignado.

Alguien abrió la puerta torpemente. Era un viejecillo encorvado, anémico, con un ridículo bigote que parecía pintado sobre su labio superior.

—Buenos días, dormilón —dijo el anciano guiñando ligeramente los ojos.

—¿Quién es usted? —preguntó Sal.

—¿Qué importa quién sea yo? —respondió el viejo— Lo que importa es que le he salvado la vida. Además, si le dijera quién soy no me creería. ¿Cómo se le ocurrió escupir sobre la cara de Burt Reynolds, inconsciente?

—Fue un acto reflejo, si le soy sincero.

—Jamás había escuchado semejante procacidad. Es usted un temerario, señor...

Rogers... Buck Rogers —mintió Sal.

—Señor Rogers, permítame que le diga que es usted un necio y un suicida.

—Muy agradecido. ¿Me dice dónde está mi ropa?

—Se la he lavado. Calculo que ya estará seca.

Sal se quedó callado durante unos segundos, caviloso y meditabundo, sujetándose los labios entre el pulgar y el dedo índice de la mano derecha.

—Tengo que irme enseguida —le dijo al hombrecillo del bigote anoréxico.

—¿Y a dónde piensa ir sin documentación? —replicó el viejo— Los agentes de la seguridad pública le arrestarán en cuanto salga a la calle. ¿Es eso lo que quiere? ¿Dar con sus huesos en la cárcel?

—No me queda otra opción. Tengo que encontrar a una persona.

—Seguro que podrá buscarla después de haber desayunado algo.

—Gracias —respondió Sal— No me vendrá mal comer algo, señor…

Disney... —contestó el viejo— Mi nombre es Walt Disney.


- 3.03 -

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Time: 05.15

Estaba asustado. Asustado y desorientado como pocas veces había estado en su vida. Su respiración se aceleraba, su corazón palpitaba de manera descontrolada y estaba empezando a sudar: Estaba sufriendo un ataque de pánico.

Recordó por qué había salido en mitad de la noche: buscaba a Leelan Spandarian. Unos días atrás una persona conocida le había dado una manera de contactar con el jefe del Clan de los Armenios. Sí, ése era su único objetivo en ese momento, hablar con Spandarian; él sabría qué hacer; él entendería qué estaba pasando.

Se levantó mareado del suelo, acompañado por el desagradable ruido provocado por un reseco trozo de mierdiblub que se había pegado a sus pantalones y contempló la falsa superficie abovedada de la calle A-Shegundah: no se veía una imitación de las 13 lunas que siempre eran visibles en el exterior sino del Sol. Aparentemente, se intentaba evocar una atmósfera más terráquea que athénica. ¿Dónde estaba el famoso espíritu nacional de Athena?

Ahora comprendía la inmensa polémica que la obra de Takeshi Oshinaga había provocado en su tiempo. En el primer nivel del subsuelo se adoptaba en la práctica la hora de Berlín y, a altas horas de la madrugada como ahora, era media mañana en la antigua capital alemana, con lo que la calle estaba abarrotada de señoras comprando complusivamente en las tiendas más lujosas de Ostrich City.

Sal se secó el sudor de las manos en su pantalón, recogió su ya clásico gorro de astracán del suelo —a estas alturas parecía más una rata muerta que otra cosa, aunque para Sal era suficiente conque se mantuviera milagrosamente a su lado cual fiel mascota—, respiró profundamente y se adentró en la fiera corriente comercial de las Avenidas Subterráneas de Ostrich City.

Los empujones de los locales y los gruñidos con que le obsequiaban las madres pijas con su niños pijos no ayudaban a que se tranquilizara. Todo comenzó a dar vueltas ante sus ojos, la realidad se volvía borrosa mientras escuchaba de fondo un coro de improperios acusándole de vagabundo. Alguien lo lanzó de un golpe contra la pared de un edificio, contra un cartel del gran Burt Reynolds.

Y Sal, que era muy suyo, sin saber muy bien por qué, soltó un impresionante lapo verde contra el apolíneo rostro del señor Reynolds, que impactó contra su frente y se deslizó grácilmente por su nariz.

Fue entonces cuando la multitud enloqueció.

Sal ya no recordaba por qué quería pasar desapercibido.


- 3.02 -

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Tres niveles conformaban el subsuelo de Ostrich City:

En el primero se encontraban los accesos a los locales comerciales y a las viviendas. No había un solo edificio que no se hubiese adaptado a las nuevas condiciones climáticas del planeta. Todos los inmuebles estaban dotados de su correspondiente entrada a la altura de la primera planta. La ley lo establecía así.

Grandes focos traumasphere de máxima potencia imitaban la luz natural del planeta Tierra contribuyendo a aportar una sensación cálida y acogedora a los viandantes. Las luces se habían distribuido uniformemente a lo largo y ancho de las galerías de la ciudad. Estaban repartidas por techos y paredes, de tal forma que no había un solo resquicio del primer nivel que no estuviese iluminado.

Había salidas de emergencia a cada paso y múltiples altavoces que reproducían sonidos terrestres tales como el murmullo del mar o el delicado canto del estornino californiano. Estas maravillosas pequeñeces, que relajaban sensiblemente a los ostrichianos, eran obra de Takeshi Oshinaga, el artista conceptual de moda durante las últimas tres décadas. Un portento.

Por su parte, los conductos del aire del primer nivel estaban dotados de gigantescos ambientadores con aroma a rosas y lavanda que, si bien no conseguían ocultar del todo el fuerte olor a gas y a humedad proveniente del segundo y tercer nivel del subsuelo, sí contribuían a que los ostrichianos aparcasen sus preocupaciones mientras paseaban por las calles de la subciudad. Alguna sustancia mezclada con el aire los mantenía prácticamente drogados a todas horas.

También se habían dispuesto cientos de carteles de carácter moral en que se recordaba a los ostrichianos lo esencial y saludable de desarrollar una conducta pacífica y correcta. Walter Scott Bismarck los mandó fijar a comienzos del siglo XXII, en plena era del Desmadre Intergaláctico. Eran así:

TRECE LUNAS


'Burt Reynolds no lo aprueba'. Y nadie contradice a Burt Reynolds en esta ciudad.

Así que se puede decir que, en 2315, el subterráneo de Ostrich City era algo bastante parecido a los grandes centros comerciales que florecieron durante el Siglo de la Globalización. Semejante a cualquiera de los Armenian Malls o los Karabekian Centers de Miami o Estambul.

El segundo nivel estaba destinado al tráfico de aeromóviles. Y, debido a la gran cantidad de gases tóxicos que emitían las micronaves, era imposible acceder a él sin una equipación especial. Sumergirse en la segunda planta era aventurarse en una peligrosa dimensión humeante donde la única ley que regía era la del más fuerte. Algo así como conducir en Madrid hace trescientos años.

El tercer nivel lo empleaban los transportes públicos y las empresas de abastecimiento. Las malas lenguas decían que la tercera no era la última planta, que había otra más y que en ella se desarrollaban oscuras actividades. Pero nadie llegó jamás allí. Y, si lo hizo, no vivió para contarlo.

Sal Huisman miró a su alrededor y se tocó la cabeza con la yema de los dedos. La sangre no tardaría en secarse del todo.


- 3.01 -

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Time: 05.12

Sal Huisman se despertó en la Calle A-Shegundah. Empezaba a ser una fea costumbre levantarse apaleado cada rato. Alguien lo había dejado a los pies de una boca de acceso... Por un momento, había pensado que Myers y su banda iban a matarlo; sin embargo, cuando a duras penas pronunció su propio nombre, lo dejaron ir.

La boca daba a un elevador que le había llevado desde la superficie a las avenidas subterráneas: la zona más moderna y desarrollada de Ostrich City. Desde el cambio climático, era la zona en la cual se desarrollaba la vida cotidiana, pues cuando soplaba el cierzo athénico, la sensación térmica fuera del cálido subsuelo se iba a unos 60º bajo cero. Como empezaba a comprender, sólo gente de la peor calaña habitaba la superficie en las noches de Ostrich City.

A-Shegundah era una calle pequeña, dedicada fundamentalmente a tiendas de empeño y hololibrerías de viejo.


- 2.09 -

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—¡Te habrás quedado a gusto! —me increpa Miranda frunciendo su ceño hasta entonces inmaculado—: La próxima vez que toque clase de historia me avisas y traigo el grabador de notas.

—Cuando te lo propones, puedes llegar a resultar francamente hiriente —le respondo, no sé para qué.

—¡Sigue tocándome las narices y comprobarás lo hiriente que puedo llegar a ser, viejo estúpido! —dice ella levantando la voz, mientras pone los brazos en jarra sobre su cintura, amenazante.

No insisto. Esta noche no tengo ganas de ponerme a discutir con Miranda Butler.

Salimos de la habitación. El director del hotel está sentado en el butacón isabelino que hay junto a la puerta. Me pongo a rebuscar en todos los bolsillos intentando encontrar mi expendedor digital de holotarjetas; sólo encuentro 250 drulocks en calderilla y una pelusilla de licra thermolactyl en el bolso derecho del pantalón de mi uniforme.

Me pregunta si ya pueden recoger la habitación. Le digo que sí mientras asiento con la cabeza y, acto seguido, pulsa con cuatro dedos el enorme botón púrpura que hay a sus espaldas. Es para llamar al servicio de limpieza, me explica. Como si me interesase lo más mínimo.

—Si lo que buscas es el expendedor de tarjetas, —advierte Miranda— deberías saber que está en la guantera del aeromóvil.

—Oh, mierda.

Desorientado, con el puñado de monedas en la mano, le digo al director:

—Si ocurre cualquier cosa, si se entera de algo que debamos saber, llame inmediatamente a la comisaría. Pregunte por el sargento Radzinski.

Radzinski —repite el director con un aire oligofrénico.

—Eso es. Muy bien.

Y entonces no se me ocurre nada mejor que dejar mis monedas sudadas en su mano. Como un terroncito de azúcar de recompensa. Como premio por haber sido capaz de recordar mi apellido de judío. Apuesto a que no es la primera propina que recibe.

—Por las molestias —le explico sonriente, para su desconcierto.

De camino al ascensor, nos tropezamos con el encargado de mantenimiento. Algo en él dispara mis alarmas al instante. Le digo a mi compañera:

—¿Te has fijado en eso?

—¡Oh, no me digas que lleva la turbofregona sin retorcer! —A veces tiene más gracia.

—No, no es eso. Fíjate en su camisa. ¿Has visto de qué color es?

—Parece de color crema —dice ella sin demasiada convicción.

—Sepia, Miranda; el mismo color de los jirones que encontramos junto al suicida: El muerto formaba parte del servicio de mantenimiento del hotel. Quizá lo confundieron con Huisman, quizá lo mató él. Eso es lo que tenemos que averiguar.

Entramos en el ascensor. Huele a sudor y a esencia de pino.


- 2.08 -

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El Clan de los Armenios no era más que una nueva forma de denominar a una vieja mafia. Antes de la primera crisis de la Tierra en el año 2290, durante los Felices 80, los Armenios eran perseguidos sin descanso por las fuerzas de seguridad terrestres y, a pesar de su inmenso poder, se veían arrinconados por una ciudadanía que estimaba que sólo las mafias se interponían entre ellos y la definitiva prosperidad. Los Armenios, el clan más importante, se había trasladado a Athena, buscando un sitio más tranquilo desde el cual gestionar sus actividades, sin la presión continua de los terráqueos y aprovechándose de la teleportación que hacía furor en esos días.

Alrededor de 2295, se habían instalado definitivamente en Athena, haciéndose con el control de los touroperadores espaciales que empezaban a invadirnos con las malditas divisas. En nuestro planeta controlaban el juego, las drogas y la prostitución, las tres actividades legalizadas por la I Constitución de Bismarck en el 2077 y que habían supuesto el despegue económico de nuestro planeta.

Los Armenios lo controlaban todo y, a esas alturas, no les importaba lo más mínimo una Tierra en decadencia. El dinero estaba aquí.

Ante la falta de liderazgo, en la Tierra nuevas bandas se habían comido el pastel. Desde principios de siglo Fabrizio Chinarro había surgido de las cloacas de Lisboa para hacerse con el control. Los Armenios se habían relajado y, con la distancia que de repente se había convertido en insuperable debido a la Crisis de la Teleportación, Fabrizio se quedó con todo.

Un plan de acción astuto y osado le permitió debilitar a los Armenios primero y luego atacarlos, pero no utilizando a su gente, sino principalmente a la policía y a diversos esbirros de Athena. Los cuerpos corruptos tenemos estas cosillas: nos vendemos al mejor postor.

Actualmente, con el turismo espacial reducido a cero, las actividades más provechosas volvían a ser las clásicas putas y las drogas; cualquier cosa que sirviera para olvidar la Galaxia en la que estamos. Fabrizio Chinarro era, de facto, el emperador en la Tierra, pues los Estados tenían un papel meramente testimonial (carecían de ejércitos organizados) en esa selva en la cual se ha convertido el lugar de nacimiento del gran Burt Reynolds. La verdad es que mandaba sobre todo el Sistema Solar... y hasta ahora también aquí.

Su principal mérito era su legendaria crueldad y, a la vez, su generosidad: a todos los participantes les dejaba ganar un pellizco importante y los mantenía contentos, salvo que alguien de la cadena fuera demasiado codicioso. Con ése no tenía piedad.

Sin embargo, en los últimos meses, había aparecido un nuevo líder armenio en Athena, que había reagrupado el clan: Leelan Spandarian —o L.S. como le gustaba hacerse llamar— había conseguido apartar a los hombres de Chinarro de la ciudad. Conocido por su extrema ferocidad, manejaba con mano de hierro el mundo del hampa de Ostrich City. Si Huisman venía a verle o si tenía algún tipo de relación con él, eso no podía traernos nada bueno. No tenía ninguna intención de que comenzase una guerra de bandas interplanetaria.

Nuevas preguntas aparecían y seguía sin saber en que lugar encajaba el pretendido suicida.


- 2.07 -

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Por más que lo intento, no consigo imaginar a Sal Huisman leyendo. Y menos aún una obra tan densa y plagada de significados como la que marca el separador digital de su hololibro, Berlín-Lisboa.

Su autor, el doctor Pietro Eugénides Morán, fue una eminencia terráquea a finales del siglo XXI, aunque no disfrutó de aquel reconocimiento en vida: Tuvieron que pasar varios lustros después de su muerte para que el mundo entero reparase finalmente en el verdadero valor de su presciencia.

Era un viejo español chiflado, decían. Un enfermo de Crohn que consumió sus últimos años enclaustrado en una habitación de cuatro metros cuadrados escribiendo profecías aparentemente absurdas pero que terminaron por cumplirse. Todas y cada una de ellas. Al pie de la letra. Predijo, entre otras muchas cosas, que los armenios dominarían el mundo. Y no se equivocó. Adivinó también la existencia de nuevas galaxias. Incluso se atrevió a describir este planeta con pelos y señales. Escuchen si no lo que decía hace más de trescientos años:

"(...) Nuevas formas de vida molecular se desarrollarán criogénicamente en laboratorios especiales dotados de modernísimos sistemas infrarrojos, para alumbrar nuevas especies de híbridos mutantes que provocarán el advenimiento de un nuevo orden (...)"

"La vida en nuestro planeta se hará tan difícil entonces que los más débiles, siguiendo el principio de selección natural, se morirán o no tendrán más remedio que emigrar a otros planetas, tal vez a otras galaxias (...) Esta situación provocará un éxodo masivo que sumirá al planeta Tierra en un caos profundo e irreversible, mayor aún que el actual, y la caída de todas las fronteras, tal y como hoy las conocemos (...)"

"El planeta dorado, —se refiere a Athena— iluminado día y noche por la luz incandescente de sus trece lunas, reunirá las condiciones necesarias para el desarrollo de la vida humana. (...) No obstante, y debido a la naturaleza criminal de los emigrantes que logren llegar a este planeta, imperarán el desorden y la ignominia y los clanes se harán con el control de las cosas".

Escalofriante que un solo hombre pudiese adivinar todas estas cosas sin moverse de casa.

El título del libro, Berlín-Lisboa, hace referencia a las dos últimas capitales que permanecieron en pie antes de la hégira masiva interplanetaria. Ambas estaban emplazadas en una vieja porción de tierra llamada Europa que los terráqueos llamaban continente. Ahora las ciudades no tienen nombre allí. Son sólo páramos desiertos, cenizas de lo que fue una vez aquel planeta. Un museo decadente, un monumento a la ignorancia humana. Eso es la Tierra.

Y, aunque donde vivimos la situación no es menos sórdida, es en momentos como éste cuando más orgulloso me siento de haber nacido aquí, en Ostrich City, en el planeta Athena. A pesar de toda la mierda que puedan decir, adoro esta ciudad.

—Vámonos —le digo a ese par de tetas con ojos.— Con esto tenemos más que suficiente.

—Espera, Rad, se me ha pegado algo al zapato —me contesta. Y flexionando su pierna izquierda eleva su talón hasta el culo, rozando sus nalgas con el tacón rojo de aguja. Y me dice:

—Sácamelo, anda.

Y eso hago. Procurando no quemarme, procedo a despegar el papel que se ha adherido a la suela de su zapato. Un ridículo pedazo de papel con membrete, negro y pisoteado, testigo del número 36 que calza Miranda Butler. La marca perfecta del pie de Cenicienta.

Igual que una señal, el pie de Miranda nos ha querido decir algo.

Se puede leer algo bajo la huella de su zapato. Se lee:

L.S.

Leelan Spandarian. ¡El Clan de los Armenios!

—¡Mierda! —dice Miranda.


- 2.06 -

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—¿Qué tienes? —le digo.

—La bolsa de su equipaje: sólo hay ropa sucia, un neceser y un hololibro.

—Llevémoslo a la Central.

Ella asiente. Se mueve un poco desde su posición arrodillada. Parece que algo va a asomar por encima de su pantalón que cae cruel, milímetro a milímetro. Me estoy sulfurando: voy a estallar. Nunca pensé que a mi edad pudiera volver a sentir esto. El director del Moon By The Sea lucha por empujar el pantalón de la detective con su fuerza mental y aire distraído desde el quicio de la puerta, el cual acaricia... Asqueroso.

—Hay otra cosa —dice Miranda.

—¿Qué? —contesto, limpiándome la baba que gotea por mi barbilla con la manga de mi chaqueta. El corazón golpea mi pecho como un tambor desquiciado. Mis manos comienzan a temblar: piensa en otra cosa, me digo, mas soy un vampiro ante sangre fresca.

—El hololibro... Está abierto por uno en concreto. Nunca te imaginarías cuál.

—Dime.

Berlín-Lisboa.

—No me lo puedo creer —aseguro— Berlín-Lisboa del Doctor Morán. Un hololibro difícil de conseguir.

—Como te lo cuento —asegura. Se pone en pie con inmensa facilidad y, afortunadamente para los dos —para los tres, si incluimos la salud mental del director—, su culo deja de estar en mi punto de mira.

Dejo de contar icebergs.


- 2.05 -

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Mientras Miranda, a horcajadas sobre la moqueta de color caqui, se encarga de cumplir con los procedimientos de rigor, tengo que contar hasta veinte para no perderme y cometer una estupidez.

Para intentar pensar en otra cosa, miro hacia cualquier parte. Recorro con la mirada cada rincón. No veo nada que nos pueda servir. En la otra esquina de la habitación, el director del hotel permanece de pie junto a la puerta con los brazos cruzados. Nos mira por encima del hombro. Como si pudiese permitírselo el muy tonto.

—¿Ha entrado alguien en la habitación antes que nosotros? —le escupo desafiante.

—No —dice en un hilillo de voz decididamente ridículo— Nadie. Nadie ha entrado aquí antes. Quiero decir, desde que ocurrió el lamentable incidente.

—Sí, ya —le corto— Muy lamentable.

Miranda no deja de mover su maldito culo de un lado a otro de la habitación. Se me acaba de ocurrir una buena idea: Voy a contar hasta ciento quince.

Ciento quince habitaciones.

Ciento quince suicidas desconocidos.

Ciento quince hojas de papel blanco con membrete revoloteando como golondrinas de celulosa por la habitación.

Ciento quince culos de Miranda dispuestos en fila, moviéndose al ritmo del jodido reggaetón. Moviendo su culo de esa forma nerviosa, espasmódica, animal.

Que alguien apague esa música. Que alguien detenga ese culo.

Tengo que morderme el labio inferior y respirar hondo.

—¿Sería tan amable de desconectar el hilo musical? —le digo al director.

—Lo siento —dice sonriendo— Alguien ha debido de manipular el interruptor.

—Déjalo —grita Miranda desde el fondo de la habitación— Esta música me gusta.

Ahora está de rodillas, con el culo en pompa mirando hacia nosotros. Empiezo a delirar. Veo una diana sobre sus nalgas. Creo que al director también se le ha puesto dura, pero lo disimula mejor que yo.

Estoy a punto de abandonar la habitación como un cobarde, cuando Miranda se gira con una sonrisa llena de dientes y de malicia y me dice:

—Creo que he encontrado algo.

Y lo dice así, como si tal cosa.


- 2.04 -

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El director estaba esperándonos a la puerta de la suite. En silencio nos abrió la puerta, pasamos y la cerró detrás de nosotros. Aparentemente, se le habían pasado las ganas de discutir que había manisfestado un par de bismarcks antes.

Un viento helado barría la habitación, haciendo volar alrededor de la misma hojas en blanco con el membrete del hotel:

—¿Qué es eso? —preguntó Miranda.

—Es papel —contesté. ¿De dónde ha salido esta chica, por Dios? ¿De la selva?

Ella se encogió de hombros, inocente y deseable, torturadora.

—No me gustan las antigüedades —explicó.

Nos paseamos por la sala. Salvo por el hecho de que la barrera calórica de la terraza estaba abierta, no encontré inicialmente nada inusual. Los cortinones de terciopelo ondeaban amenazadores y una lámpara de araña se balanceaba en el techo peligrosamente. Caminé sobre las hojas, las cuales habían volado del enorme escritorio, hecho de un material que imitaba la desaparecida madera de caoba de una forma que imaginé muy acertada. Miranda cogió una de las hojas y la contempló con estupefacción.

A su joven edad, toda firme toda ella, Miranda ignoraba la ola revival del siglo XX que nos había azotado hacía más de 30 años athénicos. Terrible plaga de langostas sólo comparable al resurgir del reggaetón que sufrimos a principios de este siglo. Dicho revival había provocado casos como el Moon By The Sea, espeluznante ejemplo de lo que nunca debería volverse a repetir: un hotel monstruo con más de 10.000 habitaciones, que sólo se mantenía abierto gracias a las subvenciones que recibían actividades deficitarias como las turísticas; con una arquitectura y decoración pretendidamente inspirada en los comienzos de dicho siglo el hotel era un anacronismo decadente.

Me vi a mí mismo, contemplé a Miranda que había descubierto la utilidad del papel y lo masticaba con entusiasmo mientras me sonreía y comprendí que los anacronismos decadentes tenemos un encanto especial, que sólo personas excepcionales pueden apreciar.


- 2.03 -

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Hemos repasado los datos del registro del hotel. Está claro que Val Buisman no era más que una distorsión fácil de la firma de Sal Huisman. Me extraña mucho la poca originalidad del delincuente más buscado del planeta. Sólo la falta de medios justificaría una falsificación tan tosca y pueril. Me niego a creer que sea tan necio. Me cuesta creer que sea tan estúpido.

Las tetas de Miranda sobre el mostrador de recepción me han puesto muy cachondo. He tenido una erección de más de un minuto durante el trayecto en ascensor hasta la última planta del hotel. Me siento orgulloso de mi vieja polla. Me siento vivo.

Las tetas de Miranda son blancas y redondas como dos lunas vírgenes. Por suerte para mi dignidad, la gabardina me cubría la polla. Creo que ni ella ni el ascensorista se han dado cuenta de lo dura que la tenía. No es que abulte mucho, pero los pantalones de licra thermolactyl del uniforme no dejan demasiado a la imaginación.

No puedo dejar de pensar en sus tetas balanceándose sobre mi cara. Estás enfermo, me digo con frecuencia. Eres un maldito viejo enfermo. Y no hago más que pensar en tetas blancas y sudorosas. Tetas de marfil. Tetas redondas de novicia. Pienso en ellas a todas horas.

—Hemos llegado —ha dicho el ascensorista. Ha sido entonces cuando mi polla ha desistido y abandonado al fin su actitud beligerante. Inútil pero confortadora.

Le he dado al botones una propina de 400 drulocks y nos hemos encaminado hacia la suite principal: La habitación 115.

Mientras caminamos sobre la alfombra de pelo largo me digo: Siph, eres un jodido romántico. Y no me falta razón. Sólo un estúpido sentimental como yo se pondría a escribir un diario. A mi edad.


- 2.02 -

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Miranda, la detective Butler, se acerca. Es una belleza escandinava de unos 25 años.

Observo su risa inocente, esos ojos verdes en los que navego todos los días desde su llegada a la policía de Ostrich City, su pelo rubio rizado que aspiro cada vez que pasa a mi lado y hoy le digo sin decir: Me gustaría pasar contigo la noche más oscura.

Me la ha enviado. Es un regalo de Dios, pienso.

En el fondo de mi alma sé que es una esbirra de Fabrizio Chinarro, pero actúo como si no lo supiera. Es la vida asquerosa de Athena, un planeta de viejos idealistas vendidos a un mafioso a 20 semanas-luz de aquí. Es la vida asquerosa del sargento Radzinski, un viejo encaprichado de una asesina, que intenta recordar cómo era sentir algo en su pétreo corazón.

—¿Quién es el reventado, Miranda? —le pregunto.

—No es Huisman —me confirma.

Soy incapaz de decir si es feliz. Incapaz de discernir si hubiera preferido que su trabajo hubiera acabado aquí o si disfrutará encontrando al terráqueo, torturándolo, comiéndose trozos de él o de su familia en su presencia. No lo sé y no quiero saberlo, porque si no me volvería totalmente loco.

En ocasiones me pregunto si no lo estaré ya.

También me pregunto mirando al meteoro humano caído a mis pies: ¿Si no eres Huisman quién eres? ¿Por qué te han matado? ¿Qué hacías ahí?


- 2.01 -

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El suicida tiene la espalda peluda y los sesos esparcidos por el pavimento. Está literalmente plantado en el asfalto, con las piernas hacia arriba formando la señal de la cruz. Desconozco si esta postura tiene algún significado místico o es simple fruto de la casualidad o mera acrobacia.

Los especialistas han dictaminado que, por el radio de expansión de los restos, la caída se produjo desde una altura de 517 pisos. Desde el hotel “Moon By The Sea”, para ser exactos.

La sangre y las vísceras han salpicado toda la calle. Han llegado hasta el cuarto piso del hotel. Con el frío se han secado. Calculo que será muy difícil limpiar esas manchas.

Vestía camisa sepia. O eso parece. Hemos encontrado jirones de tela de ese color junto al cadáver. No hemos hallado, sin embargo, rastro alguno de sus pantalones, ni tampoco ninguna identificación. Podría ser cualquiera.

El suicida tenía los pies grandes. Grandes y sucios. Tenía las uñas largas y pelillos negros en todos los dedos salvo en los meñiques. Y pelotillas de mugre entre los dedos.

Nadie dijo que éste fuese un trabajo agradable.

Los huéspedes de la planta 517 permanecen retenidos en sus habitaciones. Sólo una de ellas está vacía: La habitación 115. La suite presidencial del ático del “Moon By The Sea”.

La habitación está registrada a nombre de un tal Val Buisman. Sospechamos que pueda tratarse de él.


- 1.09 -

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Time: 04.30

Sal sintió cómo le arrastraba Big Joe, que comentaba:

—¡Qué manera de tocar las narices!

—¿Quién creesss que ess? —siseaba otra voz en las sombras— ¿Un espía, un policía?

—¡Coño, no! —contestó Big Joe—. Pero tampoco un curioso, no hay casualidades a estas horas en esta zona.

—Lo echamosss a la basssura, ¿eh?... En trocitos, sí, trocitos —decía la otra voz.

—Nuestro buen Jesús dirá. Venga, ayúdame a bajarlo por las escaleras.

Sal intentó erguirse para explicar con brillantez dialéctica que todo había sido un tremendo error, cuando vio cómo su cabeza caía y se golpeaba contra el borde de un escalón. Se sumió de nuevo en la oscuridad mientras escuchaba de fondo:

—¡Joder Willy, sujétalo bien!


***

Time: 04.33

Un tremendo dolor que partía de sus testículos, convertidos en una bolsa de horribles sensaciones, le espabiló de nuevo.

—¿Cómo te llamas, cerdo?

A Sal le costó unos instantes recuperarse y vio a un hombre joven pero ajado por la vida, apoyado en el borde de un escritorio. Estaba musculado y tenía un gran tatuaje de presidiario en el antebrazo izquierdo; su rostro, marcado por varias cicatrices, se disimulaba con una ligera barba. Big Joe se refería a él como el señor Myers.

—¿Cómo te llamas? —repitió.

—Sal... Sal Huisman.

Al momento, Sal percibió que había dicho algo incorrecto, que su nombre había despertado alguna asociación de ideas no deseada.

—Mierda —dijo Big Joe. Y soltó un gran pedo para aportarle dramatismo al momento.

—Sacadlo de aquí —dijo Myers.


- 1.08 -

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—¿Puedo ayudarle en algo? —repitió Big Joe arqueando las cejas.

—Necesitaría establecer una comunicación urgentemente —respondió Sal intentando desviar su atención por un momento de la sinfonía de ruidos y olores que desprendía aquel inmenso saco de mierda apestosa.

—Gírese —dijo Big Joe mientras trazaba en el aire un leve círculo con el dedo índice—: El locutorio está justo detrás de usted.

Sin dejar de contener la respiración, Sal asintió con la cabeza en señal de agradecimiento y se dio la vuelta, pero no encontró allí ningún locutorio. Cuando volvió a girarse hacia el mostrador, extrañado, sintió un terrible impacto en la cabeza. Una punzada aguda acompañada de ruido de cristales rotos. Una botella. Alguien acababa de estrellar una botella contra su cabeza.

Lo único que acertó a ver antes de caer al suelo fue una sombra alargada, una figura frágil y borrosa, tambaleante. Lo último que oyó mientras se desvanecía fue la voz grave de Big Joe diciendo:

—Sacad a este cerdo de aquí.


- 1.07 -

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La puerta se cerró automáticamente detrás de Sal, que sufrió el golpe de un ambiente caluroso dentro del local. No sólo era la temperatura: el ambiente estaba cargado, denso. Costaba respirar y Sal se imaginó nadando en el interior de un útero materno: le divirtió la imagen.

"Pfffffftttiiii...iiiitttpff...pffp...pppff"

El ruido de la flatulencia —en intensidad y duración— fue tal que a Sal se le aceleró el corazón. Instantes después percibió una vaharada pestilente —una ola de pedo casi sólida— que le mareó tanto que tuvo que apoyarse en una grasienta pared para no derrumbarse. Las lágrimas afloraron mientras intentaba soportar las arcadas y enfocar la vista en una inmensa figura que se alzaba detrás de un mostrador casero hecho de alguna aleación local.

El hombre era una mole de grasa de unos dos metros, con la cabeza casi calva y todo él perlado de un sudor que semejaba mantequilla. Vestía una túnica que en tiempos fue blanca y se secaba una mano (Sal no quería saber de qué estaba manchada) en ella, de la cual colgaba una holochapa en la que fluctuaba su nombre: Big Joe.

—¿Puedo ayudarle, amigo? —preguntó Big Joe, mientras emitía una serie de cuescos cortos ("Pfttt... Fti... Pfttss") que golpearon a Sal en una rápida sucesión de ganchos derecha-izquierda. Big Joe era un boxeador de la flatulencia cuya baza no era desde luego el movimiento de piernas, ya que se mantenía muy quieto mirándole con cara de distraído. "Sólo le falta silbar al hijoputa", pensó Sal.


- 1.06 -

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Mientras se afanaba en encontrar la maldita boca del sistema subterráneo, añejos hologramas publicitarios se iban desplegando a su paso. Actrices con tres pechos anunciaban protectores para la piel enfundadas en sus bikinis de piel de flader, mientras desfasadísimos robots Mortrog C-501 promocionaban Glugg, la bebida de moda de hacía dos décadas. A saber cuántos años llevarían aquellos hologramas vendiéndole humo al congelado aire de Ostrich City.

Sal Huisman, completamente congestionado y aterido por el frío, no se hallaba entonces en disposición de reparar en un pequeño detalle: Muy probablemente, él iba a ser el último humano que visualizase aquellas dos viejas campañas publicitarias. El frío atroz tuvo la culpa. El frío atroz le impidió ser importante por una vez en su miserable vida.

En aquel momento lo único que preocupaba a Sal era alcanzar el vientre de la ciudad, por donde fuese. Miró hacia todas partes, pero todos los establecimientos estaban cerrados a aquel nivel. Todos salvo uno: Big Joe estaba abierto.

La puerta estaba abierta. Y Sal entró sin pensárselo.


- 1.05 -

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Escogió la opción difícil: en lugar de bajar hasta el primer sótano y pasear por las avenidas subterráneas, Sal abandonó el hotel por la antigua entrada principal en los tiempos del calor mientras el botones le miraba con incredulidad. Sal le sostuvo la mirada, arrogante, y se sumergió en la fría noche. A los pocos segundos se le había congelado la arrogancia.

No sabía si la temperatura era inferior a los 20ºC bajo cero, pero la sensación térmica era terrible, incluso castradora. Se dio cuenta de que su vestimenta no era apropiada y que no aguantaría mucho tiempo en el exterior, mas bajar por el “Moon By The Sea” sería perjudicial para su recién adquirido prestigio de oso polar, así que optó por coger la primera boca, que debía encontrarse a pocas manzanas del hotel.

La calle estaba absolutamente desierta: tan sólo unos robots Gestores de Tráfico Aéreo se balanceaban a unos metros sobre su cabeza. Sus pasos resonaron por los adoquines metálicos, mientras observaba su propio aliento condensarse al correr, mientras sentía arder sus pulmones por el frío.

—¡Puerta, puerta! —empezó a gritar, intentando localizar las señales auditivas y visuales que debían señalarle la boca.


- 1.04 -

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—¿Usted qué cree? —respondió Sal con inocultado cinismo.

—No lo sé, señor. No me pagan para que crea nada —contestó El Ascensorista—: Mi trabajo se limita a apretar el botón que se me exija.

—En ese caso apriete el botón de la planta baja.

Y eso hizo. Al pulsar el cero en el cuadro termodigital, el ascensor se proyectó hacia abajo con la fuerza de un meteorito de cristal y acero. La cabina descendió a tal velocidad que a Sal Huisman le faltó poco para vomitar también el antipasto. Por suerte para el servicio de mantenimiento del hotel, se contuvo. En menos de un walter, descubrió lo horrible que hubo de ser la vida de los rumiantes, unos mamíferos vertebrados extinguidos hace más de dos siglos que al ser exprimidos derramaban un líquido áspero y mortecino llamado leche.

Eran otros tiempos. Entonces a los walters se les llamaba minutos. Y horas a los bismarcks. Lo que hoy conocemos como scott, recibía hace muchos años el ridículo nombre de segundo. Todo eso, afortunadamente, forma ya parte de la historia. Desde que el gran Walter Scott Bismarck colonizase el planeta Athena en el año 2075 la clasificación temporal terrestre pasó a mejor vida. Así sucedió también con los meses del calendario, que pasaron a ser trece. El decimotercer mes del año athénico se denominó 'Burtembre' en honor al actor favorito de Bismarck: Burt Reynolds. Un clásico que vivió entre los siglos XX y XXI.

Faltaban sólo diez días para Burtembre. Después de muchos años, Sal Huisman iba a pasar solo las Navidades. O tal vez no.


- 1.03 -

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Horas después se revolvía en su cámara, flotando en el lujoso pero obsoleto Campo Gravitacional de Descanso e incapaz de abandonarse en los brazos de Morfeo. Una intensa preocupación le devoraba y ni las tres ráfagas de potenciador de sueño que había solicitado a la habitación habían conseguido rendirle. El mecanismo del Campo gemía levemente, a un nivel casi ultrasónico, pero Sal Huisman lo encontraba particularmente irritante:

—¡Más sueño! —gritó. Del cabezal del Campo surgió una neblina difusa de potenciador que sólo consiguió embotar sus maltrechos sentidos.

Era inútil: la angustia le dominaba. A duras penas aguantó las arcadas hasta llegar al baño. Allí vomitó dentro de una bañera metálica con patas que intentaba evocar un olvidado estilo isabelino inglés. Cuando acabaron las convulsiones, Sal contempló el final de su cena, reflexionando sobre la posibilidad de leer el futuro en los posos de la misma.

Todos los ruidos le molestaban, le aterraban. Imaginaba enjambres de hombres y cyborgs armados que rodeaban su suite cada vez que oía moverse el elevador y, a la vez, le asustaba insonorizar la estancia para no sentirse desprotegido.

Se vistió, abrigándose bien con una gruesa pelliza y su gorro de astracán, para intentar pasar desapercibido. A pesar de que pensaba recorrer la mayor parte del trayecto por calles climatizadas o recubiertas, era posible que tuviera que afrontar espacios abiertos y a esas horas de la noche, la temperatura podía haber alcanzar unos 30ºC bajo cero... ¡Qué lejos estaban los tiempos en los que se calentó artificialmente esta parte del planeta para crear un destino turístico! La antigua publicidad de 20 años atrás decía: "Ostrich City, el Miami del Cinturón Exterior"... Y mucha gente se preguntaba qué era Miami, ignorando que había sido esta meca playera la capital de los Estados Unidos a mediados del siglo XXI, antes de desaparecer devorada por las aguas del Golfo de México.

Cuando las cosas se pusieron difíciles en la Tierra, se buscaron nuevos lugares donde los numerosos ricos pudieran gastar su dinero y Athena era uno de ellos. Cuando las cosas se pusieron difíciles en la Galaxia, Athena era un lugar tan malo como la Tierra.

Sal asomó la cabeza al pasillo, miró a los lados y al no ver nada peligroso se aventuró en el mismo. Casi se le para el corazón cuando al abrirse las puertas del elevador vio a una persona disfrazada, pero no era más que El Ascensorista: una figura anticuada que intentaba rememorar sin éxito el pretendido lujo de siglos pasados. Le costó unos segundos identificar al personaje, tan presa estaba del pánico.

—¿A qué piso, señor? —preguntó El Ascensorista.


- 1.02 -

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El cielo naranja de Ostrich City lucía de forma particularmente intensa aquella noche de diciembre de 2315. Y, aunque las luces de la ciudad no permitían ver las estrellas, su brillo no alcanzaba a ensombrecer el horizonte salpicado de remolinos de nubes blancas y marrones. Aquellos trazos caprichosos de neblina que presidían el cielo de Athena se antojaban a veces garabatos dibujados por un niño o un deficiente.

Una atmósfera de amoníaco y vapor de agua lo envolvía todo.

Sal se asomó con cautela a la barandilla de la terraza para observar la ciudad desde aquella altura y se sorprendió un poco al comprobar que no sentía vértigo. Se entretuvo durante unos minutos siguiendo el juego frenético de luces y destellos de la calle y, cuando quiso darse cuenta, las yemas de sus dedos se habían adherido al acero helado de la barra. Mientras crispaba las palmas de sus manos como un pianista intentando despegarse, recordó el único motivo que le había hecho viajar hasta la ciudad más insegura del planeta. En Ostrich City vivía la última persona que podía ayudarle: Leelan Spandarian.


- 1.01 -

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La suite del ático era la habitación más cara del hotel “Moon By The Sea” y Sal Huisman se recreó al entrar en ella. Era el primer momento de paz que había tenido en los últimos días.

Sal se acercó a la terraza y se retiró la barrera calórica que retenía la agradable temperatura dentro de la habitación. El campo de fuerza se cerró de nuevo al salir él. Una fuerte ráfaga de aire helado le hizo tambalearse.

La vista desde el piso 517 que ocupaba era particularmente impresionante. Sólo en el planeta Athena se podía disfrutar de 13 lunas en el cielo durante la noche. Éste había sido uno de los motivos que años atrás habían fomentado una actividad turística en la parte más cálida del planeta, turismo que había ya desaparecido, devorado por nuevos paraísos que no exigían una carísima teleportación para disfrutarlos. Sin duda, los nuevos tiempos eran tiempos extraños y difíciles.

Contó las lunas, como había hecho la primera vez que viajó allí siendo un niño y, como entonces, faltaban dos: sólo durante pocos segundos cada noche podían observarse simultáneamente todos los satélites de Athena en el cielo. A pesar de todo, el recuerdo de la infancia que ahora veía más lejana que nunca le reconfortó, pero de una manera enfermiza; era consciente de que sería un fugitivo durante el resto de su vida que, siendo sinceros, se prometía bastante corta.


El Autor

    Ray Hodges
  • rayhodges
  • Ostrich City, Athena
  • RAY J. HODGES nació en Dayton, Ohio, en 1945. Es licenciado en Periodismo por la Universidad de Columbia. Tras obtener su título universitario, y ante la imposibilidad de encontrar empleo como periodista, se dedicó a la vida contemplativa y al estudio del canto del estornino californiano. En 1978, a la tierna edad de 33 años experimentó una epifanía, se trasladó a vivir a España y se rebautizó José Antonio Labordeta pero nadie le creyó. Ha estado casado cuatro veces y se ha divorciado otras tantas. En la actualidad le es imposible desplazarse por motivos familiares.
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